lunes, 4 de octubre de 2010

Tentempié

....No es fácil cuando lo que hay que repartir excede los simples bártulos. Vos te llevás la notebook, a mí dejame la pecera con César anaranjado y solitario; vos te llevás el ventilador, a mí dejame la estufa. Además, están los amigos, y a esos, ya se sabe, no se puede dividirlos en partes iguales; vos te llevás el hemisferio izquierdo de Bea, a mi me dejas la porción derecha, total es simétrica y no vamos a disputarnos cantidades. Ni siquiera es lícito fraccionar en unidades enteras, lo que daría por resultado: vos te llevás a Luis, yo me quedo con Beatriz. No. Así no es. Por eso no era de extrañar, aunque me extrañé igual, que en mitad de la presentación emergiese Marcos de entre la masa buscando con ojos expeditivos el pelo rojizo de Beatriz.
....Quizás el denominativo amigos fuera apresurado, un arrebato de mi parte, puesto que, en realidad, a la que frecuentábamos era a Beatriz, y siempre en relación al estudio, a esa tesis que debíamos en común. Marcos a Luis lo conocía menos que yo, y yo lo conocía nada, por ende, cabe aclarar, lo de arriba fue un ejemplo de lo que nos pasa a menudo con el grupo de amistades tras una ruptura de pareja, aplicable a cualquiera, ya fuera genuino compinche o un agregado eventual.
....La sala no era grande, aunque cómoda. La gente no era mucha, aunque se apiñaba de a decenas en pequeñas mesas redondas hechas para cuatro o cinco. Lo que le habían confirmado como cena se reducía a un aperitivo. No era sólo el libro de Bea, otros escritores departían adscriptos a la misma línea de corte fantástico.
....Habiendo pasado los anteriores, llegó el turno de Beatriz. Cuando se levantó y fue esquivando las mesas y los cuerpos para subir al atril hubo un silencio elocuente. Las miradas recalaron con indolencia en sus piernas, en sus bermudas, en sus zapatillas. Descolló algún chiflido, más propio de las canchas de fútbol barriales que de los grupos que acuden a disertaciones literarias. Se oyeron también, por lo bajo, algunas vergüenzas ajenas, algunas imprecaciones, algunas exhortaciones heridas en su más profundo sentido de la estética. Una voz engolada insultó. Mucha gente emperifollada, que ya había presenciado la audición que la convocaba, se decidió repentinamente a dejar el lugar, otra, en cambio, no tuvo ni el menor atisbo de disimulo, prefirió quedarse, para denostar con la pupila.
....Los gestos y posturas de los ofendidos en su criterio de aliño y buena presencia eran obvios y enarbolados. En poco rato se redujo el grupo a un puñado ralo de personas entre las que Marcos ya no tuvo problema en divisarnos.
....Beatriz se había quedado tiesa tras el soporte de madera. Subí al estrado para incentivarla a hablar, no podía atolondrarse, muda de repente, no podía permitirse la perturbación. Le apreté levemente el brazo para darle apoyo ante la hostilidad, para sacarla del redil al que se estaba metiendo. Pero no hubo caso. Tiritaba de pies a cabeza y los ojos se le habían cubierto de una capa de agua. No supe qué hacer. Uno de los editores vigilaba desde una mesa, le hacía ademanes para que comenzara el discurso. Bea atinó a levantar un poco el libro y a mostrar la portada, pero era claro que algún nudo enmarañado se le había formado en la garganta, que las cuerdas vocales permanecían ocluidas.
....Luis se acercó, la tomó de la mano y la instó a bajar hasta el alfombrado de las mesas redondas. Las personas aguzaban su mirada en degradé, o fruncían la boca corroborando lo que ya habían descubierto al verla avanzar hasta las luces de adelante, al verla subir a la madera pintada de negro que era ese cubículo lleno de reflectores.
....Marcos ya comprendía lo que pasaba. Contemplaba las piernas peludas y descubiertas de Beatriz con admiración. Después me tendió una mirada remordida, y pensé que hubiera sido mejor que me tragara la tierra.
......—Ayúdenme—regañó Luis, sentando a Beatriz—.Creo que se le ha bajado la presión.
....Un sorbo de coca cola y el rostro pálido de Bea recobró el color. Quería irse, urgente. Quería salir de ahí a como diera lugar. Los ojos, ávidos, se incrustaban en nuestra mesa.
....Sobre el murmullo ininteligible de los que bisbisaban, resaltó la voz exasperada de la autora:
....—¡Un rato ni una mierda, les dije que me quiero ir!
....Los editores, solos los dos en una mesa trasera, zarandearon la cabeza. Un camarógrafo confundido titubeaba allá atrás, mientras eternizaba otro domingo patético con la lente de la cámara.
....No había forma de hacerla regresar al frente de batalla, y nadie tomaba ninguna determinación. Los expectantes, curiosos, con ojos de vaca pastando, no se perdían ni uno solo de nuestros movimientos.
....—Vas a ser famosa, Bea—dijo Marcos, para hacerla reír, o puede que estuviera hablando en serio—. Con este quilombo tenés asegurada la popularidad.
....Ella se levantó del asiento, consciente de que si quería desaparecer tenía que hacerlo por sí misma. Nosotros, uno a cada lado, reaccionamos sujetándola de los brazos. Marcos tiró para un lado, y yo para el otro. Beatriz, en medio de su crisis, soltó una carcajada.
....—Algún día se van a poner de acuerdo ustedes dos.
....La vimos trasponer la entrada sin mirar atrás, mientras Luis se encaminaba hacia las gradas con el libro en las manos, dispuesto a solucionar todo de una vez, habida cuenta de que hay autores que, por no poder asistir a la ceremonia, mandan intermediarios.
....—La autora—empezó Luis, ante un público descaradamente incrédulo—comenzó a escribir este conjunto de relatos en 2005. Y así como no debe juzgarse a un libro por su portada, tampoco debe juzgarse a un autor por su apariencia, la que, a decir verdad, no falta a las normas de higiene y de aliño en vigor.
....El sermón fue extenso, artero, y la audiencia lo escuchaba pasmada, no se sabía bien si creía contemplar a un extraterrestre, o a una piedra preciosa de esas exóticas que se dice que hay en el fondo del mar. La disertación se hizo larga como esperanza de pobre, ora explayándose sobre lo subjetivo de la belleza, ora atestiguando sobre la valentía de Beatriz (atributo indiscutible, aunque no infalible) siempre todo de una manera exaltada y erudita que dejó a todos boquicerrados, menos mal. Era como un regaño de abuelo matusalénico a las generaciones light. Palabras semejantes a chirlos en las nalgas, lamentablemente amortiguadas por los pañales, claro.
....Marcos me espiaba por el rabillo del ojo. Ojalá algún día aprendiera a hablar las cosas a tiempo, pensé, que no esperara hasta el último momento, cuando ya todo se descarrila en aras de la evasiva, cuando ya no quiero hablar un carajo, cuando está claro que no le importa y si reacciona es debido al quiebre inminente.
....—Porque mi mujer es la luz de mi existencia—remató Luis. Y esas palabras cayeron sobre el lugar como pétalos de rosas a los chanchos.
....Metáfora manida, pero efectiva. Los chanchos no creen en las rosas, pero les da envidia que existan.
....Lástima que Beatriz ya se hubiera ausentado. Que no viera el deshoje enardecido, allá arriba, quietecito, de un hombre que intenta a duras penas retrucar con respeto los bocetos arbitrarios del descaro.

3 comentarios:

Marisa dijo...

Sinceramente, un público que juzga un libro por la apariencia o "modus vivendi" de su autor, me encantaría ponerle un puente de plata...cuánto más lejos, mejor.

Abrazos, Noelia.

Palabras como nubes dijo...

Carajo, por qué seremos tan ridículamente débiles?
Tu relato deja en carne viva una vez más la carga de prejuicios, esa herencia que algunos no pueden cambiar y la utilizan como una máscara. Es mejor ponerse la máscara y ser parte del montón que se fija más en los pelos de las piernas que en lo que pueda compartirles esa persona. Es más fácil que decir: me importa un pito.

Buena continuación, Noe, me gusta la historia a los costados, bien conformada por Marcos y la narradora.

Abrazo
Jeve.

Hombre de Neanderthal dijo...

Esos encuentros "literarios" son tan
queridos y necesarios. Pero nadie les dijo a los escritores que esto sería fácil.