lunes, 25 de julio de 2011

EL loro

Los perros dormían amontonados en las casetas de a tres o de a cuatro. Mirna bajaba todos los días a darles de comer y a limpiar las deposiciones. Estaba gorda y le costaba caminar, ya le había advertido a Laurita que algún día la iba a encontrar atascada en el hueco de la escalera o inmovilizada en la cama. Pero a Laurita no le importaba nada. Mirna pensaba que a su hija le incumbía un rábano que se cayera y se magullara toda y que los perros se pasaran una semana sin comer.
Una vez se quebró el tobillo por intentar podar la enredadera subida a una escalera. La madera donde había puesto el pie no soportó su peso y se desplomó encima de la cerca de hierro. Estuvo llorando por horas hasta que decidió arrastrarse hasta el teléfono. Laurita se asustó y después le dio un sermón. Laurita tiene esas cosas, pensó mientras limpiaba los bebederos para que el mosquito del dengue no desovara allí, la regaña a una cuando le acaba de ocurrir una desgracia.
El loro australiano sobrevolaba el redil de los perros todas las tardes a las cinco en punto, luego solía parar a descansar sobre los caniles. Mirna lo vio, verde y amarillo, depositarse sobre el palo del alambrado.
—¿Qué contás, Pamelo, estás haciendo tu ronda de la tarde?
Pamelo carraspeó con un sonido gangoso y la miró de costado.
—Los loros no comen balanceado para perros...
Y los perros no comen alpiste, pero Pamelo de un salto se posó sobre la bolsa y Mirna cedió al chantaje. El loro levantaba la cabeza y engullía uno por uno los gránulos de carne procesada y seca.
—Contame algo, Pamelo.
—Pamelooo. Algooo.
—Sí, contame algo.
—Algooo. Algooo.
—Que me cuentes algo, loro de mierda.
Siempre le daba comida al ave, pero moderadamente. Ahora en cambio lo dejó empanzarse, un pájaro como ese no iba a acabarse las reservas, apenas si podría empujarse una taza de alimento.
Sin embargo, el loro le dio una sorpresa. Se comió el equivalente a dos tazas y media y quedó sentado, aplastado contra el poste como una gallina clueca.
—Volá—trató de espantarlo Mirna—. ¡Pájaro que come, vuela!
Pamelo la miraba con un ojo y con el otro midiendo el momento preciso en que iba a tener que esquivar un manotazo.
Los perros habían salido de las casetas y rodeaban a Mirna con actitud de paciente expectación. Ella miró al loro y sintió pena por él, una empatía que nacía de su propio sobrepeso. Se acercó cojeando, despacio, pero el ave cambió de palo, desconfiada.
—Me cago en el loro.
—Pamelooo. Pamelooo.
—Seee, en Pamelo—replicó ella—. Contame algo.
—Algooo. Algooo.
—Uff.
Si Laurita viniera esta semana le diría que el televisor ya no funcionaba, que había empezado la semana pasada a emitir unos sonidos extraños y a decolorar la imagen, hasta que por fin se había apagado definitivamente. También le pediría que trajese dos bolsas más de comida para perros, que ya se estaba acabando la última, y que la proveyera de víveres. A ver, si Laurita viniera tendría que hacerle un listado extenso de cosas pendientes. Esta pierna se le había enfermado mucho desde la última curación, estaba tan hinchada y tan roja, y no había podido seguir la dieta. Tendría que llevarla a un médico mejor, uno que supiera recetar regímenes a las personas obesas.
Debería prometerle que le iba a bajar los muebles del dormitorio al living, porque ya no le era posible estar subiendo la escalera a diario. No, es cierto, nunca quiso dormir en las salas de abajo, pero las gradas la estaban matando, la edad no viene sola. Se apoyó en la puerta del cercado observando a los perros moverle la cola.
—Ya comieron, bonitos.
El loro la escudriñaba desde el poste y lanzaba cacareos imitando a las gallinas. De vez en cuando, soltaba una risa infantil y espasmódica.
Hacía dos días se había roto la tubería del lavadero. Mirna había encontrado la planta baja con treinta centímetros de agua. Había cerrado la llave de paso y había llamado al plomero. Éste le prometió ir al día siguiente, pero se retrasó veinticuatro horas y Mirna se quedó sin agua por un día entero. A no quejarse, ya era suficiente favor que el plomero viniera hasta casa, si no fuera amigo de la familia no se haría un viaje al campo para arreglarle un caño a una vieja que no podía pagarle el viático. El hombre selló como pudo la filtración, pero se necesitaba reemplazar un grifo y cambiar el caño rajado que él había apretado temporariamente con una abrazadera y había empastado con goma. Mirna ya tenía anotadas todas las especificaciones para que Laurita le consiguiera los materiales.
Laurita era una niña todavía. Con treinta y cinco años, era una niña. Mirna pensaba: su niña. Una niña mal aprendida, que no mal educada, porque ella la había educado muy bien. Los hijos están a expensas de una y luego una está a expensas de ellos, y ojalá ella hubiera dado a luz aunque sea a un par.
—Buenos chicos.
La gotera del techo se había ensanchado. Ahora, cada vez que llovía, era un chorro que caía amarillo como pis por entre la hendidura. Lleno de hojas el techo, de hojas de molle que teñían toda el agua. Las canaletas seguramente se habían tapado, oxidadas como estaban no le parecía raro que se hubiesen desprendido y estuvieran colgando o que se hubieran roto en varios pedazos.
La malla mosquitera se había rasgado. Mirna la había recompuesto con cinta adhesiva, pero la humedad hacía que el parche se despegara una y otra vez. Lo otro, el teléfono. Seguramente Laurita sabía cómo programarlo para que sonara más veces antes de que se accionase el contestador. Si Laurita fuera menos egoísta. Don Fernando no sabía configurarlo, Mirna se lo había preguntado casi en tono de ruego, y él le había aclarado por enésima vez que era plomero. Plomero, claro, pensaba ahora ella, plomero que sabe diagnosticar la fisura del aljibe, pero no repararla. Eso también la tenía inquieta, la grieta que dejaba pasar el agua de las napas a la reserva de lluvia. Y la bomba... cómo olvidarse de la bomba, que había empezado a fallar. Sin esa bomba que succionara el líquido semisalado de vertiente se quedaría sin agua en las canillas. Antes la bomba era como un reloj, el sonido del motor era siempre el mismo y a Mirna le complacía escucharlo, puntual y constante como un mecanismo suizo.
Si Laurita viniera esta semana. Si tan sólo llamara. La última vez le había reprochado la ausencia y su hija lo había tomado muy mal. ¡Tengo cuatro niños, mamá!, había exclamado al teléfono y ella le había contestado con un alto grado de ironía que no se preocupara por su madre entonces, que su madre estaba muy pero muy bien y que gracias. ¡Voy casi todos los días!, había rebatido Laurita.
Sí, Mirna le había rogado que viniera todos los días un rato y Laurita se había ofendido y había replicado que a duras penas conseguía tiempo y que no tenía que atosigarla o le caería a la casa con los cuatro niños prendidos uno de cada extremidad. Mirna quería a sus nietos, pero los aguantaba poco y su hija tenía la secreta sensación de que a la abuela la haría feliz verlos momificados. Quieto, querido, no toques eso, se la pasaba diciendo, sin poder apartar la vista de la trayectoria de los chiquillos las contadas veces que venían a visitarla.
Los perros habían terminado de comer. Mirna se metió a la casa y reapareció con una jaula de un metro de alto.
—Pamelo...—canturreó—. Hola, Pamelo.
—Hola Pamelooo.
—No, vos sos Pamelo.
—Hola Pamelooo.
Pensaba que ni siquiera mediaba una legua entre una casa y la otra. Que si tuviera salud montaría a pelo el viejo zaino e iría un rato a lo de su hija, aunque probablemente hallara a la niñera. Pero Laurita iba a venir, siempre venía, siempre se le pasaba. Siempre había demasiadas cosas que hacer en casa, no tenía ella que andar recordándoselo. Puso unos cuantos granos de comida adentro del comedero de la jaula y Pamelo se metió a devorarla. Cuando colgó la jaula del gancho que pendía del molle el ave se revolvió, inquieta, tras advertir el encierro.
—Contame algo, Pamelo.
—¡Mamá es una vieja de mierrrda!—chilló el loro, mientras recorría agarrado de los barrotes la circunferencia de su celda—. ¡Mamá es una vieja de mierrrrda!
Mirna bajó la vista, satisfecha de haberlo capturado. Capaz que esta vez su hija iba a tardar un tiempo más largo en volver. Pero alguna vez iba a tener que contestar el teléfono. O venir a buscar al loro.

7 comentarios:

José A. García dijo...

De una forma u otra, los hijos siempre vuelven a los padres. Es casi mitológico.

Justo estaba leyendo Don Segundo Sombre, no sabía que hubiera tantos pelajes diferentes, con sus respectivos nombres, para los caballos. Cuanta ignorancia la mía...

Saludos

J.

NoeliaA dijo...

José, Don segundo Sombra es uno de los libros más buenos de la gauchesca. Por lo menos fue uno de los que más me gustaron.

Un beso

Marisa dijo...

Tremendamente duro tu relato, Noelia, pero igualmente espléndido y lleno de una simbología sutil.
El loro representando ese "alter ego" de Laurita, dejado bien claro en la última frase que le espeta a Mirna cuando lo caza, que, en último término, es la voz de Laurita.
La caza de ese ave en su jaula, a mi parecer representa el afán de Mirna de tener a su lado a su hija, ese espíritu posesivo y egoísta de recibir amor y cariño pero no darlo en cambio a sus nietos.
Por otro lado, la precisa descripción de los deterioros que sufre la casa de Mirna (magnífica descripción), para mí es un reflejo de la vida (y salud también) deteriorada de Mirna, llena de parches, repleta de dependencia dfe que alguien se ocupe de ella.

En mi opinión, Noelia, has hecho un estudio literario de las relaciones de padres e hijos cuando ambos crecen y sus vidas se diversifica. Las simbologías (no sé si buscadas o no por ti, o encontradas en mi imaginación) me han parecido suculentas y muy atinadas.

Por todo, mis felicitaciones, oelia, escribes magistralmente y me encanta siempre lo que sugieres.

Un fuerte abrazo.

habitantes dijo...

Qué buena la vuelta que le das a las relaciones, Noelia. Hay tanto silencio tácito entre la madre y la hija, de esas comunicaciones que sólo pueden llegar por eco. Y bueno, todo lo que también te dice Marisa que de tan completo no necesita añadir nada más.

NoeliaA dijo...

Gracias, gente, por pasar, leer, comentar, interpretar.
Un beso grande

Hombre de Neanderthal dijo...

Está bien. Yo creo que el nombre que le pusieron lo prepararon para esa venganza.

Palabras como nubes dijo...

Tremenda narración. Un compendio de la soledad, de la no comunicación, del egoísmo disfrazado, de la demandanza por "derecho". Excelente el recurso establecido en Pamelo. Me encantó, Noe.

ABrazo
J&R