miércoles, 4 de febrero de 2015

Sándalo 2

La plaza de los artesanos desborda. Debe ser porque los domingos, habiendo tanto local cerrado, subsiste mucho caminante aburrido que aprovecha los últimos estertores del fin de semana. O de las vacaciones. A lo mejor es porque está nublado, ya se sabe que cuando se nubla los domingos la gente sale a la calle o se pone a ver una película repetida.

Él está acá, puedo intuirlo por el olor reconcentrado del cigarrillo mezclándose con el humito del sándalo que emerge de uno de los puestos de los hippies. Me lo encuentro sin buscarlo, cuando lo preciso y en contra de mi voluntad. Es difícil deshacer algo si no se tiene memoria de haberlo creado, ni de cómo.

—Así que... a qué se debe el honor—lanza, detrás de la bocanada, con el cigarrillo colgándole de los labios y los brazos cruzados sobre el pecho—. Yo estaba tranquilo y zas... caigo por el hueco, caigo, caigo, y me estampo contra las piedras, de culo, y con mucho público.

—Basta.

—Y ella lo que dice es basta.

Le doy la espalda mientras me interno en el pasillo que se forma en medio de las hileras de stands. La gente está distraída mirando la bijou de alpaca, las lámparas de madera, los pañuelos de tela de bambula, los sahumerios, las pulseras tejidas con fibra de coco, los aretes de plata en filigrana. Percibo los pasos lentos copiarme el ritmo de la marcha. El olor recalcitrante del tabaco, el aliento a vino rancio, el aroma de sándalo me llegan en racimos, vahos pesados o livianos según la cantidad de personas que pasen a mi lado y la velocidad con que lo arrastren. Entre el bullicio,  la música que surge de unos bafles y el ring de un celular, escucho su voz llamarme por mi nombre, proponerme algo.

—Volvete a la lámpara—contesto, al tiempo que bajo las escaleritas del estadio y me choco de frente al vendedor de algodón de azúcar. El borracho se me ríe.

—No, reinita, el de la lámpara es Aladino. Yo soy un tulpa.

—Por supuesto que es tu culpa.

—Encima de terca... sorda.

—Podré ser renga, pero nunca gorda.

Salgo del estadio rumbo a la calle, dispuesta a dejarlo ahí sin miramientos. Tanteo las llaves dentro de mi cartera y me lamento de no haber comprado aceite de mirra en el stand de inciensos.

—Qué curioso, la vez pasada me perseguías...

Detengo la marcha. He caminado mucho y bien rápido como para tenerlo de frente. En mis narices.

—Qué quiere.

—Sabrás vos, vos me llamaste.

—No lo hice.

—¿Te olvidaste de mi nombre, no?

Tiene la camisa fuera del jean y una expresión de desconcierto que me desorienta. Puede beber una barbaridad y mantenerse parado, lúcido y resistente.  Mete la mano en uno de sus bolsillos y aprieta el paquete vacío. Emboca al cesto de basura a diez metros de distancia.

—Ojalá fueras Aladino.

—¿Querés que te ate al mástil o te pongo cera en las orejas, reinita?

—Joder.

—¿Seguís con españoladas?

Siento los ojos vidriosos, la cabeza invadida, el perfume del sándalo metiéndoseme por la nariz, ahogándome. Acufenos. Expulso el aire con humo y tulpa como quien se fuma un porro a regañadientes. En qué momento encendí uno de los míos, en qué momento apreté la bolita mentolada.

—¿Qué nombre decís que te  puse?

—No sé, tengo amnesia, estuvimos juntos el día de la amnesia. ¿No te acordás?

—¡¿Qué?!

—Algo me trae, yo no vengo—dice, ofendido—. ¡Pero qué bien que ya me pueda ir!

Con el orgullo herido improvisa una reverencia graciosa, como si tuviera sombrero, y cruza las piernas, luego se difumina entre la hierba. La gente ya ralea, porque el tiempo ha pasado y es trasnoche. Busco su camisa naranja dentro de la mata de yuyos, no veo sus pantalones rayados. No lo veo a él y voy tras su rastro, tras el olor de la nicotina y del alcohol. Un nombre, pienso, un nombre.

—San Dalo—pronuncio, de puro instinto.

Y hay un estruendo entre los ligustrinos, algo que cae y putea, baja a todos los dioses del Olimpo y a todas las musas del Parnaso. Escupe, se sacude la ropa y viene hacia mí.


—¡Más vale que te acuerdes qué nombre me pusiste, jodida!

1 comentario:

Guillermo Altayrac dijo...

¡Ey! ¡Esto me gustó!
Cuidado con lo que invocás, che.
Saludos.