sábado, 27 de junio de 2015

#10

   Cualquier cosa con las manos es una bendición, dice S. mientras pega pedacitos de vajilla rota en la mesa de cemento de la madre. Si la escuchara J. le haría una de las bromas más groseras de su stock. Pero S lo está diciendo en serio, en una actitud reposada que introduce a otro mundo, me recuerda a mi abuelo cuando se arrodillaba en el patio a remover el compost con las manos y me invitaba a separar los plantines del almácigo y a distribuirlos en un cuadrante en la tierra. Mi abuelo tenía esa actitud reposada y alienada, algo que te distrae del entorno y te concentra en vos mismo. Era el trance en que mi abuela entraba cuando tomaba el crochet y el hilo de macramé y trataba de enredarlo magistralmente. Era impermeable mi abuela en ese momento, impenetrable, nadie podía entrar con ella a esa dimensión,  ni extraerla de allí para tenerla en ese estado, no, para tenerla había que sacarla del trance, volverla a lo cotidiano, a lo que de por sí se brinda solo.
   Hay un mundo en los mosaicos rotos que intentamos hacer coincidir sobre una superficie. Hay un mundo en la hoja en blanco, en el word vacío, que tratamos de garabatear.
   Hay un mundo que ya está, que precede al producto, al resultado, a la hoja blanca, a los mosaicos, al macramé, a nuestras manos.
   En ese mundo nos reconocemos todos. No importa qué material trabajemos. No es el material, es lo que cruza por su medio.

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