miércoles, 24 de junio de 2015

#9

   La noche cae de repente. Hay niebla baja de nubes rastreras que mojan las veredas y los árboles y esponjan el cabello.Mi perra tira de la correa y parezco un trineo. Un trineo que clava los zancos pero tiene rueditas en los talones.
   A esta hora pasa el chico del basset. Los bassets siempre me inspiraron compasión, hay algo en ellos que parece que les pesa. Tal vez sólo sean las orejas, la marcha apesadumbrada. El chico me saluda y le devuelvo el saludo. Nuestros perros son todo lo contrario, la mía me arrastra, al suyo hay que arrastrarlo. El chico lleva bigotes y a mí no me inspira la gente con bigotes. Sin embargo se ha puesto oscuro y quiero dar la vuelta a la alameda. No debería hacerlo sola en este sitio.
   ―Disculpá, quiero dar la vuelta a la alameda con la perra, ¿no me acompañás?
   Dice que sí. Allá en la rotonda hay dos policías, pero sería más seguro para mí si no estuvieran. El perro del chico tiene las patas más cortas que un basset promedio, más cortas y más chuecas, y las orejas le arrastran en el suelo, él se las sujeta con un broche por atrás de la cabeza para que no se lastimen. Cada tres o cuatro metros el perro se sacude y el broche sale despedido. Su dueño va tras el artificio y vuelve corriendo. Es una acción cíclica que la repetición vuelve natural. Cinco, seis pasos, sacudón de orejas, dueño tras el broche...
   ―Salió mejor exponente de la raza en 2011, por el Kennel club...―comenta, henchido.
   ―Qué bien...
   ―¿La tuya?
   ―No, la mía no tiene problemas de consanguinidad. 
   ―¿Cómo?
   ―Que es puro perro.
   Ahora siento más compasión por el pobre basset. Lo eligieron mejor representante de su raza por tener más acentuados los defectos físicos que a esta humanidad se le ha dado por encasillar con una etiqueta. En base a esa etiqueta reproducen a los seres que más problemas tengan. La estética ante cualquier funcionalidad física. Está bonito el basset, muy bonito, lástima que arrastra las orejas en el piso y las extremidades se le doblan hacia afuera como luxadas. La naturaleza probablemente no haría eso con una raza.
   ―¿Cuánto tiempo tiene?―pregunto.
   ―Cinco años.
   ―Es joven...
   Joven para parecer del doble, yo le daba unos diez. Los ojos estriados del basset, sus párpados vencidos por el peso de la piel, las patas chuecas, el caminar lento y pasmoso.
   Terminamos de dar la vuelta a la alameda y le agradezco el favor de acompañarme. El chico me dice que de nada, mientras corre atrás del broche que sale despedido en ese mismo instante para el lado contrario al que venimos andando. 
   La niebla extraña ha bajado al piso y moja las veredas y la calle, es un vapor rechoncho que se acuesta sobre el suelo y me llega a las caderas. Se parece mucho al humo artificial de los boliches. Arriba no hay, abajo se aplasta contra el suelo. Humo húmedo y frío, presagio de tormenta, de las que llueven para arriba.