viernes, 14 de agosto de 2015

La oreja

   Se lo conocía por loco. Solía andar en una bici de niño o caminar sobre los charcos con un bastón para ciegos. Ese día la vio a doña Rosa regando el jardín.
   ―¿Sabe, usté ñora, que  si riega la paré sale algo?
   ―¿Qué dice? ¿De la pared? La mugre será…
   El viejo se aproximó despacio pero firme, y Rosa reculó. Él bajó entonces la voz hasta bisbisear.
   ―A la paré―susurró―. Si usté la moja le crecen cosa. Alguno de los cinco sentido que tenemo nosotro, ¡crecen lento pero le salen!
   Rosa quedó unos segundos desorientada, pensando en qué podía pretender el mendigo con eso, después sacudió la cabeza y lo vio marcharse. Más tarde, sin  embargo, cuando no había gente cerca, giró la manguera hacia el  muro de la casa.
   No pasó nada en ese momento, ni nada tampoco durante la semana, última semana, que le tocó vivir ahí.
   Un año después, nadie supo decir qué escultor talló allí tan exquisita representación del órgano auditivo, en esa pared tan insignificante de ese barrio tan pobre de Rio Cuarto.


2 comentarios:

Jorge Curinao dijo...
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NoeliaA dijo...
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