martes, 19 de enero de 2016

Vómito de colores


Cuando entramos, los que ocupaban el lugar estaban enredados en un problema. Tomamos una mesa y llamamos con una seña al que atendía, pero, a pesar de que asistió y anotó nuestro pedido, de camino al mostrador se implicó también en el problema y nos dejó olvidados. Por esa razón, no tuvimos más remedio que ir a ver lo qué pasaba. Ahí, escuchamos la arenga:
―¡Hay que hacerlo tomar hasta que reviente, a ver si se le van a quedar ganas de decir huevadas!
El que decía esto estaba muy ebrio y le costaba mantenerse parado. Sin embargo, los demás se prendieron: ¡hay que hacerlo tomar, hay que hacerlo tomar!
―Y hasta que reviente―remató otro.
En el medio, sentado y con la barbilla reposada en una mano, había un hombre panzón que parecía cansado. Levantó la cabeza y dijo:
―Yo no voy a limpiar eh, me aseguran eso y les demuestro.
―Vos tené que dejá de decí tanta huevada junta, hermano―le dijo otro más, uno que se agarraba de una silla.
―Yo no digo huevadas.
―¿Entonce por qué no queré tomá ah? Aquí los que dicen la verdá son los borracho y los niño, pero niño no hay, así que si queré que te creamo agarrá la botella y tomá como todo el mundo.
El hombre, resignado, aceptó la primera botella y se la empinó, una de vino tinto comunacho. Se veían las burbujitas, todos alrededor callados, tambaleantes. Solo el mozo parecía sobrio. Cuando la acabó le pasaron una de cerveza, y después otra de vino blanco. A los veinte minutos le empezaron a hacer preguntas.
―A ver ahora decí... ¿quién de nosotro dijiste vos que era el gorriao?
El hombre levantó los ojos sin mover la cabeza y señaló a uno. Al parecer al mismo que había señalado antes, porque todos chiflaron y se lamentaron.
―¿Y con quién dijiste vos que lo engañan?―preguntó otro
El hombre señaló a otro, y hubo lamentos y quejidos, uno que repetía “se ve que decía la verdá, decía la verdá”
―¿Y quién de acá lo sabía y no me dijo nada?―preguntó el afectado.
Y el hombre otra vez levantó el dedo, y señaló a otro. Todo parecía una gran tragedia, y cada respuesta que emitía el borracho les venía a corroborar lo que no le habían creído estando sobrio.
Los hombres se miraron entre ellos decepcionados, uno con más vergüenza que el otro. Pero, como siempre los humanos buscamos la mínima posibilidad, uno se acordó de la otra cosa que había dicho el panzón. Si esa cosa fallaba las demás cosas estaban salvadas, así funcionaba el asunto.
―Vos―lo apuntó el mozo―, ¡andás diciendo que si te emborrachás vomitás de colores!
―¡Sí, de colores vomito, parecido a pintura! ¡Te dije que no lo quiero limpiar y te dije que digás que los vas a limpiar vos si no yo no vomito!
La cosa se había vuelto de lo más absurda, y, como toda disputa entre borrachos de edad, conservaba el toque de dignidad ofendida. Nos daba pena el hombre, ahí, tan desparramado en su silla, era obvio que la honestidad lo había metido en un quilombo y que algún lapso de demencia senil le había hecho decir, entre medio de tanta sinceridad, que vomitaba arco iris.
Organizados, entre todos, le trajeron más bebidas y se pusieron a verlo. A estas alturas el pobre bebía con lentitud y pocas ganas, al cabo de un rato se había tomado dos litros más de vino y no pasaba nada.
―¡Vomitá, dale! ¡No vomitás porque no te sale, no te sale, che, te lo mentiste todo!
Los tres involucrados se miraron amablemente, comenzando a reconciliarse con la idea de una gran mentira que ahora quedaría expuesta: el hombre mentía, el hombre miente, no puede vomitar de colores, los borrachos siempre dicen la verdad, ponen a prueba todo lo que dijeron cuando estaban sobrios. Esa era la certeza que los unía. Ahí, esperando, esperanzados, raros todos, escucharon al mozo lanzar impunemente:
―Alguien cagó sobre la pizza…
Alguien cagó sobre la pizza, sí, así es, eso dijo el mozo con nosotros ahí presentes. Nosotros, que esperábamos cenar.
Entonces, el hombre sentado no pudo contenerse, abrió las piernas, y luego de una ruidosa arcada lanzó un angustioso y brillante vómito de colores.