domingo, 30 de septiembre de 2018

Demi

Cuando fui al viaje de estudio de escuela primaria tomé consciencia de mi cuerpo, de que la pollerita tableada y el blazer de hilo tejido ya no solo cumplían la función de vestir sino que parecían adquirir un extraño poder para atraer miradas. Algunos hasta me seguían, era una atención que no había querido provocar y que ciertamente me incomodaba. Los chicos me agarraban de las muñecas y decían que si quería bailar. Yo no contestaba y me les soltaba.
La discoteca me pareció ruidosa, era la primera vez que entraba a un sitio así y se me dificultó comprender por qué la música debía estar tan descomunalmente alta que obligase a las personas a comunicarse hablándose a los oídos. Yo tenía doce años. 
Las maestras andaban entre nosotros, vigilando. Algunas compañeras bailaban con chicos de otras escuelas. Ir a Mendoza de fin de primaria era común, y lo más normal era coincidir en el hotel con algún otro grupo de escolares de alguna otra escuela de vaya a saber qué provincia. Algunas de mis compañeras bailaban con compañeros de curso. Saltaban, gritaban el hit del momento. Bailaban entre ellas. Las maestras siempre rondaban cerca. Pero yo no quería bailar con nadie y, al parecer, ese apartamiento no venía a ser normal. Normal, vaya palabra. Solo se tiene por normal lo que hace la mayoría, y muchas veces las masas hacen cada estupidez. Pero yo en ese momento no lo sabía y me sentía extraña. Así que ahí iban a buscarme a los sillones con la moralina de ser feliz y mover el cuerpo, y bailar y pasarla bien. 
Siempre me pregunté por qué la gente cree que todos la pasamos bien de la misma manera. Por qué no notaban que, para mí, en ese momento, todo era agobiante y extraño, que la música me ensordecía, que si bailaba tenía pegadas las miradas de unos chicos sobre mi falda, miradas que no quería tener. Me hubiera sido difícil explicar a cualquier maestra que quería regresarme a dormir al hotel, o, como menos, a ponerme algún otro atuendo de los que mi tía seleccionó y embaló prolijamente en el bolso. 
Cuando salimos de la disco sentía que los oídos se me descomprimían. Que por fin descansaban. De camino a la habitación del hotel, tres chicos abrieron la puerta del cuarto en frente del nuestro y una docente, que se ve que venía espiando sus conductas, salió de detrás de nosotros hacia ellos, regañándolos. “Por qué abren la puerta uds, métanse a dormir, a dormir, carajo” 
Yo ni me enteraba de nada. Me sentía desconectada de todos, como un eslabón suelto. Apartada, aunque fuera yo misma la que iba en retirada. Hasta tenía cierto temor de perderme, porque todos corrían en masa hacia algo que era supuestamente llamativo y a mí no me llamaba nada la atención, y no tenía siquiera la suficiente noción de grupo como para disimular y correr también junto a ellos, aunque no entendiese el porqué. 
Cuando regresamos, cuando por fin nos volvíamos, me había dormido en el colectivo. Uno de los coordinadores de viaje me despertó para pinturrajearme la cara con un labial rojo. Estaban todos pintados. Corazoncitos, sonrisas tipo payaso, puntitos, rayas, palabras. Todos mis compañeros tenían la cara con labial, cantaban eufóricos y festejaban al coordinador. Yo al tipo ese lo odié por pintarme la cara, lo miré como a un bicho indescifrable, sin atreverme a decir nada. 
Cuando nos juntamos para despedir el año, ya que pasaríamos a escuela secundaria y muchos ni nos veríamos, la mayoría llevó fotos del viaje. Sacaban los álbumes y recordaban el recorrido y los buenos momentos. Yo no recordaba buenos momentos, aunque tampoco malos. Me había resultado todo insulso. Nos habían paseado por demasiado lugares en un periodo corto, y cada visita había sido tan breve e insignificante como un flash. 
El grupo más cercano de chicas contemplaban las fotos del coordinador, se miraban entre ellas, y lanzaban un grito exagerado. Daban vuelta al folio, otra foto, otros gritos. Quería decir que el coordinador estaba “bueno”. Una de ellas me vio mirarlas con atención y me invitó a unírmeles amablemente: 
―¿Querés venir a gritar con nosotras? 
Nunca pude olvidarme de esa propuesta ni de lo absurda que la sentí en ese momento. Yo con mi pensamiento que aún no abandonaba el cauce concreto para meterse en el abstracto. Yo que nada más tenía doce años y no entendía ni jota y… “¿Querés venir a gritar con nosotras?”. La chica quería incluirme, me vio mirarlas con curiosidad y, sobre todo, me habrá sentido apartada.
Pero la isla que yo era no era el problema, sino que no entendía por qué gritar. ¿Por qué gritaban como locas al mirar las fotos del coordinador? O… ¿por qué a mí no me apetecía gritar? ¿Cuál era la causa?
Me acerqué a ellas y miré las fotos con ellas para descubrir por qué gritaban, pero no lo comprendí. Una de ellas, súper simpática, me alentó:
―Gritá con nosotras, no seas tímida.
No, no era timidez. Es que yo no le veía la causa de tal euforia. El coordinador tras el que iban todos sin saber ni quién era. El que me pintó con un labial rojo horrible en contra de mis deseos mientras volvía, por fin volvía, cómodamente dormida en el colectivo.
―¿No es hermoso?―dijo una.
Yo miré de nuevo al coordinador en la foto. No veía lo hermoso. 
―Sí, claro―dije, para sentirme un poco normal.

2 comentarios:

Jorge Curinao dijo...

¡Volviste! Qué lindo.

Aelo dijo...

Eso de sentirse "fuera de sitio" o no entender el porqué de gritar, me suena... y le suena a mi hija (lo leyó a mi lado). Tengo la impresión de que no somos sólo nosotras, sino que simplemente algunas, por no sentirse "raras", tratan de imitar comportamientos que no entienden, por muy absurdos que suenen.

Un abrazo