martes, 6 de octubre de 2015

Fail

El recién electo intendente ―que aboga por la radical defensa de los animales― festeja en casa municipal con bombas y petardos.

Papel

   Últimamente la abogada venía mirándola con malos ojos cuando se aparecía los jueves por el centro a pedir los periódicos viejos para hacer cestas. La había atendido una vez en su despacho, pero hoy se le acercó reticente.
   ―No merodee más por acá―soltó―. Ya se lo dije.
   La artesana bajó la cabeza y, de su bolsa, sacó una cesta beige con terminación en trenza y asas trabajadas, y se la ofreció. La canasta parecía de auténtico mimbre.
   ―¿Por qué cobra tanto esto?―dijo la otra―. Si nada más es papel… ¡medio kilo de papel!
   Hubo un silencio abrupto de ojos abiertos y lona que cae con ruido de viento sobre los helechos. La artesana recibió la cesta que le extendían con ostensible rechazo, y contestó:
   ―Sale menos que el papel que usted me cobró los otros día. Y ése ni habrá pesado un gramo.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Flores

     Abuela me impidió besar el mármol, dijo “en esta tumba no está tu madre, acá hay nada más los huesos”.  La miré acomodar las flores, pasar el trapo húmedo sobre el mármol del nicho. Era la segunda hilera, contando desde el suelo. Una pared llena de huesos, sin madres, sin padres, sin abuelos, sin hijos, sin hermanos, nomás los huesos.  Siguiendo el rastro de las lágrimas de abuela, pregunté: “¿ Y por qué le traemos flores si no está?”
     Ella frunció el ceño. Estoy segura de que odió mi manía de preguntarlo todo, pero respondió, como pudo, ella siempre respondía, y yo valoraba eso. “Porque las miran de arriba”
     Dos años después, por excesivas lluvias, techaron los bloques de nichos. Y yo dejé las flores en la entrada.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Positivo

      El tipo tenía un puntazo en el vientre y sangraba, lo habían despojado del maletín y lo dejaron tirado. A las ocho de la mañana llegaron los gendarmes de la Sonrisa, lo agarraron entre cuatro, y lo arrastraron al patrullero.
     ―Mirá que andar atrayendo un asalto, delincuente de mierda―dijo uno―. A ver si para la próxima pensás en positivo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Lo rojo en lo negro


     El lápiz resiste la presión que le doy sobre el papel. Valores oscuros, más veces. Nunca fuerza, decía el profesor de Composición, si no el papel se satura. Pero estoy más cansada que Girondo cuando dijo que estaba cansado.  Aquí nomás se ve la indignación como enojo. Aquí si no te callás y sonreís sos la peor. Mi tela no da para elefantes.
     L. aparece detrás de mí.  Se ha quedado callado y no puedo evitar esquivarlo. Debería no esperar nada, evadirlo es lo mejor que puedo, sin embargo L. viene con un vaso de gaseosa, porque nunca escucha a los demás, ocupado en hablar, nunca escucha, si no sabría que odio las gaseosas, porque soy muy pesimista, y conspiracionista, y todas esas cosas. En esta mente, la de L., no existen los gustos diversos, existe el buen gusto y los que lo erran. Por eso no declaró, porque es un irresponsable de mierda, un traicionero de cuarta, de tan buen gusto, que hay que aguantarle que venga a dar consejos.
     ―No me gusta la coca.
     ―No te vas a morir, por una vez date el gusto.
     ―¿Vos te das el gusto con cosas que no te gustan, cierto?
     He empuñado el lápiz, por eso su mirada de susto. Lo noto cuando se me quiebra en la mano, un 6b nuevito. Lo tiro a la mesa y voy a poner el agua para el mate. L. me sigue hasta la cocina, intenta adoctrinarme en las buenas elecciones y en cierta cosa que estriba en fluir, cuando justo es él el que no fluye y en cambio encaja, encaja todo el tiempo, en diversos lados y por variadas razones. Su presencia me repele a tal punto que agarro la bombilla y la empuño también, igual que al lápiz, en legítima defensa. A ver si fluyo. Tiene el desparpajo de soltar que mi renuencia es enamoramiento, y me asquea, me asquea profundamente. Reprueba con la mirada, como si no acabase de dejarme en banda en lo del abogado.
     ―Por qué no te vas. Si tenés culpa, que te reviente. ¿Entendés?―pero no, no entiende―. Es más, estás en peligro de que te tire la pava hirviendo.
     ―No serías capaz.
     Quizá tiene razón, que no soy capaz, pero últimamente me desconozco.  Tampoco hubiera pensado que era capaz de arruinar un dibujo que me tomó un día entero. Cuando se cree que una tocó fondo hay más fondo abajo del fondo. Y, aunque la gota tenga culpa, no tanta para cargarle el vaso entero. Pero ni modo. El detonante llega justo cuando vengo con otro 6b nuevito.
     ―Por qué no sonreís un poco, che. Siempre esa cara de orto conmigo. ¿Y si te compro alguna cosa?
     Seguro. Me compra una cosa. Jodido. Comprásela a tu novia que yo no tengo estómago pa tanto, pienso. ¿Quién te compra el silencio a vos? La gente no se compra. La gente no se compra. La gente, la de verdad, ¡no se compra! Duelen los bastiones cuando caen, y mi abuela se asoma a la puntita de mis recuerdos, siempre. Cargo mi renguera y la presión que sale como una licuadora, sin destino fijo. Hay un límite en que la tolerancia deja de ser virtud, dijo alguien que no recuerdo.  Y yo con mi relativismo persistente. Un relativismo radical. Siempre respetando puntos de vista, incluso cuando intentan ponértelos como la bandera cuando llegaron a la Luna. La bronca se empoza en la mirada y sé que asusto, pero ni modo. Si tuviera a J. cerca le pediría que lo apretara con un chumbo y que si lo quiere agarrar a trompadas, sí, gracias, muchas gracias. Ahora soy otra. Cagalo a trompadas.
     A veces basta un detonante. Aunque sea sólo una gota, contra todo un vaso a tope, la liga la gota. ¿Pero quién la manda a la gota a caer cuando el vaso está tan evidentemente lleno? Si lo trato bien tampoco declara. De hecho, ya fui por las buenas. Así que me acerco, empuñado el 6b recién despuntado, la rabia es espontánea, todo se me condensa en el pecho, como mugre, y se lo clavo entre la mandíbula y la oreja. Mina quebradiza que da contra el hueso. Él dice ay, se ataja, me empuja.
Valores oscuros, más veces. Nunca fuerza, decía el profesor.
     Tranquilamente se limpia lo rojo con un repasador y concluye que no debió haber venido. Y es en lo único que estamos de acuerdo. Así que se retira, aunque asombrado, vaya a saber de qué.
     ―Algunos mares quietos no estamos muertos―digo a los ojos atentos de la gata, que observa desde el sofá como si nada. Pero no sé si escucha, y pasa el tren.
     No hay perdón para quien venga a tirar bombas. Mi diplomacia, siento, ha sido reventada.

lunes, 14 de septiembre de 2015

El monstruo

     El viento no lo dejó encenderse el cigarrillo, su acompañante quedó pasmado ante el caos que se desataba sobre la montaña. Había un monstruo con múltiples trompas, cada una de las cuales generaba un huracán cuando tocaba tierra. Juan Cruz se acariciaba el mentón:
     ―Si todo lo que existe está en nuestra mente ¿cómo es posible que vea algo en lo que no creo?
     Rodrigo no le contestaba, ni siquiera había logrado entender lo que su amigo había dicho. La parálisis de su cuerpo no era de confusión, sino de miedo. Juan Cruz prosiguió:
     ―Creo que no existe, creo que es mi mente tratando de engañarme, porque todo lo genera la mente.
     En ese momento, una lengua huracanada levantó al vehículo estacionado en la orilla y se lo tragó luego de darle dos tumbos sobre el pavimento. Apenas podían estar parados y el terror de Rodrigo empezaba a estimularle los músculos ateridos.
     ―Tranquilo, es cuestión de imaginar algo bueno―sostuvo Juan Cruz―. Mira, ahora cierro mis ojos, imagino un arco ir…
     Pero un látigo de viento se llevó al pensador junto con un inmenso ruido de latas, árboles y automóviles.
     Una voz que venía del caos articuló: corré, corré para contarlo.

Y Rodrigo corrió.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Elefante

Un elefante me visita en el sueño cuarenta y tres. No importa cuántos días me tome llegar, él estará si me los sueño todos juntos o si me llevan un mes y medio. Sé que es el sueño cuarenta y tres porque él lo dice. Luego, supongo, la cuenta vuelve al cero. El problema viene cuando me visita dos días seguidos y no recuerdo ni un solo sueño entre un cuarenta y tres y el otro. Me quedo preocupada pensando si reprimo todo o si él es un flagrante mentiroso. Esta tesis, la última, me confunde. ¿Mienten los elefantes? ¿O simplemente no saben contar?


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jueves, 10 de septiembre de 2015

Secuela

Lo que no dicen los cuentos de princesas es lo que sigue después de la boda. Fijarse por ejemplo en Blancanieves, que se gastó la fortuna del reino en un hechizo. Cuenta el brujo que cayó desesperada:
―¡Vengo a que me lo convierta en rana!


La compra

   Dijo que nada funcionaba, que lo había comprado todo en una de esas tiendas esotéricas que venden pura cosa vencida. Para probar, agitó la varita sobre el mantel y dijo abracadabra. La mesa se quedó tan vacía y quieta como estaba y el perro salió presuroso de la sala. Luego, tomó la alfombra, se subió a ella y la exhortó a volar. Pero nada. Así que dejó las cosas abandonadas y no me cobró un céntimo.
   Ignoraba lo primordial, la magia no está en los objetos. Caída la tarde salí a volar sobre el lago. Cómo me lucí, era un tapiz persa de los caros. De los que tienen los dioses.


domingo, 6 de septiembre de 2015

Infierno

—Huya del infierno—le dijo un viejito a un héroe—. Los únicos que lo resisten son los demonios.

jueves, 13 de agosto de 2015

Círculo lluvioso
Mi perra quiere ir al sol y llora. Así que, con algunos resoplidos, me levanto a abrirle. Como ve que llueve, se vuele y la tapo. Al rato, mi perra quiere ir al sol y llora. Así que, con algunos resoplidos,  me levanto a abrirle. Como ve que llueve, se vuele y la tapo. Al rato, mi perra quiere ir al sol y llora…

sábado, 8 de agosto de 2015

Acupuntura

La niña lloraba sonoramente inclinada sobre el ataúd de su abuelo. Era un llanto que escondía algo más que la mera pena de perderlo. Su abuela, que la conocía bien, no pudiendo dejar de notarlo se acercó para preguntarle si pasaba algo más. Entre mocos y culpa, la nieta sacó un muñeco con alfileres de su bolsillo y confesó amargamente:

―Yo creí que era acupuntura...

viernes, 7 de agosto de 2015

Último round

   Las empleadas cuchichean de continuo, sobre todo a la hora en que, sedados los ancianos, pueden darse el lujo de salir al patio a tomar un té. Hoy han muerto dos huéspedes. Al primero lo vinieron a buscar rápido y olvidaron en la habitación las cajas con sus pertenencias. El segundo sigue en su cama tapado, esperando. La enfermera culona, como ella misma quiere que la llamen, está indignada y no quiere disimularlo. Mientras conversan, ven pasar por el pasillo a cuatro empleados de la empresa funeraria y a ningún familiar del difunto.    Al rato, una camilla hace sonar los desaceitados hierros por el corredor.
   ―Mirá cómo son las cosas, Coca, esa putona no lo ha visitao ni una vez desde que lo hospedó y ni siquiera ha venío a buscarlo ahora que ha muerto.
   ―Culona, así de rápido se olvidan de uno. Ésa hija ha de ser una serpiente.
   Así se quedan, mirando las baldosas donde desapareció la camilla por más o menos diez minutos, hasta que la figura delgada y encorvada de la cuarentona traspone la puerta que separa la sala de espera del pasillo. Sus botas sacan eco del cerámico.
   La culona se levanta, enervada. La exasperación ha dado con ella. Y es que le tenía aprecio al fallecido. Era un viejo cascarrabias, pero gracioso, al que le gustaban mucho los niños. Ése era Felipe para la culona.
   ―Ésta no la dejo pasá, Coca, por mi culo que le canto las cuarenta.
   ―No te metás, que no es asunto tuyo.
   ―Me llueve el culo.
   La culona y la hija del finado se encuentran en la habitación del viejo justo cuando esta última está tomando sin mayor afecto las bolsas con las pertenencias de su padre. La culona se lleva las manos a la cintura, aunque cintura tiene poca, y con una expresión de franco menosprecio, le espeta:
   ―Pa esto bien que ha venío, pero pa visita’lo sí que no.
   La figura delgada e inexpresiva  se torna de pronto contrariada. Lleva marcada las arrugas del entrecejo como si lo frunciera por enojo o por sol, y no le ha hecho gracia la afrenta. No es mujer de indignación fácil, es más bien introvertida y callada, es exactamente lo contrario a la culona. Pero también explota, de vez en cuando, si le tiran yesca junto con kerosene. Así que le contesta:
   ―Bastante que le pagaba yo una residencia, cuando él a mí de niña no hizo más que violarme y pegarme.
   La culona retrocede, tomada por sorpresa, mientras recibe desorientada lo que le plantan en las manos.
   ―Quédese con estas porquerías.


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lunes, 27 de julio de 2015

Visitas

Es domingo a la tarde y tocan la puerta. Como es eventual que venga alguna visita abro distraídamente. Y…
―Vegnimog…
―A hagblag de la palagra…
Son dos, altos, rubicundos, ingleses, o tal vez norteamericanos,  bastante entusiastas.
―No, yo religión, no―digo.
Y cierro la puerta.
Antes me disculpaba, deseaba las buenas tardes, o agradecía, pero luego entendí que cualquier cortesía era tomada como muestra de interés o usada como ancla para seguir con un discurso que ya me había negado a escuchar.
De pura curiosidad permanezco unos segundos tras la puerta, y oigo que riñen.
―Te digje queg degía así. Te lo digje.
―Entongceg eg tu cugpa, debigte preguntag en la greunión cómo haceg con egia.

viernes, 24 de julio de 2015

Coautoría

Escribir en coautoría con un médico puede ser una experiencia muy frustrante. A mi me pasó. Mi personaje por fin mató al villano, y el suyo lo revivió tres veces.

Llaves

El cerrajero otra vez lo negaba todo, mientras se guardaba la copia de la llave del último cliente.

Batalla cotidiana

Después de luchar contra su resistencia abriéndole el hocico, como dice el video, y metiéndole las pastillas a la fuerza, para después masajearle la glotis mientras con la otra mano le mantuve la boca cerrada... Después de haber batallando con sus patitas por hora y media, de que me retirara las manos y se moviera como un caballo maltratado... Luego de verle regurgitar la medicina que había ingerido escondida en el alimento, una y otra vez... Pasado todo eso, gastada en repetidos intentos en los que improvisé diversas y absurdas tácticas, me quedé por fin con los brazos caídos, resignada. En una queja venida de la más desoladora impotencia, le dije:

―No vayas a tomarte las pastillas, eh. No. No. No…

La perra me miró entonces con su cara aburrida y disgustada. Caminó dos pasos hacia el contenedor del alimento donde reposaban los pedazos hechos pasta de la medicina, y se los tragó uno por uno. Al terminar, le pasó la lengua al recipiente.

miércoles, 22 de julio de 2015

Flores

Tengo una florería y, en mis tiempos libres, escribo en un blog de ficción. Mi vecino lee todo lo que subo y se cree todo lo que escribo. Cansada de que confunda mis personajes conmigo y de leer consejos que es poco probable que mis protagonistas agradezcan, y mucho menos yo, posteé un relato corto en el que varios hombres recuperaban a sus ex parejas luego de hacerse compradores compulsivos de flores. Ahora, por lo menos, le saco algo de provecho a su molesta costumbre de desconfiar de mi capacidad de inventiva. 

jueves, 9 de julio de 2015

Cuatreros

   Chavarria no puede dormir. Desde que llegó al hotel, ese enero caluroso, no pega un ojo. El vaporoso clima tropical lo trae mal. Los mosquitos lo traen mal. La vecina de la puerta contigua, definitivamente, lo trae mal.  Es dueño de una personalidad obsesiva, metódica y rigurosa. Y a ella se le ha dado por recitar a las doce en punto, todas las noches: una, cuatro, ocho, nueve, once, veintiséis.
    A veces la secuencia sufre pequeñas variaciones, no agrega números, pero va quitando: una, cuatro, ocho, nueve, once, veinte, veintiséis. Después se calla. Parece que se ha dormido, pero recomienza, casi con indignación: una… dos… ¡cuatro! ocho… ¿nueve? once… veinte… ¡veintiséis!
    Todas las noches igual.
   En el día se la topa en el ascensor, en el restaurante, en la recepción. Ella lo mira con ojos inculpatorios como si le debiera algo. A veces se le da por perseguirlo a donde quiera que va y, cuando éste voltea, ya no la encuentra.
   Estas incidencias le agravan el insomnio a Chavarria y le acarrean una jaqueca crónica cada vez más infernal, de esas que son capaces de acabar, después de un tiempo, con todos los escepticismos o con toda la fe. El somnífero no surte efecto. El té de tilo pasa por agua. Las flores de Bach, ni cosquillas. Aunque no es afecto a las técnicas de relajación y todo le parece una real pavada, la desesperación lo empuja a improvisar.
   Así que comienza a las doce en punto, después de un ejercicio de respiración: tres… cinco… seis… siete… diez… ¿doce…? trece… catorce… quince… dieciséis… diecisiete… dieciocho… diecinueve…  ¡veintiuna!  veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, ¡veintisiete! 
  A veces la secuencia sufre algunas alteraciones, no quita números, pero va agregando: tres… cinco… seis… siete… diez… diez… diez… once, ¿doce…? trece… catorce… quince… dieciséis… diecisiete… dieciocho… diecinueve…  veinte... ¡veinte! veintiuna… veintiuna otra más, veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis… ¡veintiséis otra vez! veintisiete… Treinta y una, treinta y una, treinta y una.

martes, 7 de julio de 2015

amanece desde los contornos
siempre es igual
veo los destellos de nácar
que expulsan las ostras al morirse

no vuelvo a las burbujas
una vez que he salido de ellas
pero sí las contemplo desde afuera
como a  bolas de cristal

a veces descubro cosas imprevistas
o sorprendo la mirada aviesa
de quien  creí un abrigo

entonces
dejo que sus ojos se afanen en la espesura
sin confesarle nunca
que ya he salido de ahí 
que mido las distancias desde el palco