domingo, 23 de noviembre de 2008

Caso grave de discriminación

Quiero hablar de la impresora Epson Stylus C67. La compré en diciembre de 2007, muy linda, útil sobre todo cuando uno carece de este aparato o pasa un período sin él (un período lo suficientemente largo como para reparar en su eficiencia).
Ahora, es recién en este año, en 2008, que se me ocurre utilizar hojas tamaño carta para la impresión de unos archivos que bajé de internet, veáse qué tamaña popularidad impregna a las A4 como para que este sea mi primer contacto con las tamaño carta (y ni siquiera fue por voluntad propia). Las trajo una amiga para imprimir algo en casa y las dejó olvidadas, resulta que cuando insertó el diskette, éste ejerció toda su tiranía sobre los archivos guardados en su territorio, los diskettes son dispositivos territoriales. Pero mi amiga no quería darle formato al diskette porque, esa tarea, a pesar de ser sugerida por el mismo diskette, no tiene ningún objeto, pues no devuelve la lozanía del mismo y menos aún los archivos en él colocados puesto que el formateado equivale a un barrido de tipo apocalíptico sobre la totalidad de la faz del territorio tomado.
En fin, cuando un diskette ya usado te larga la dulce afirmación de que no ha sido formateado seguido de la pregunta ¿desea darle formato?, quiere decir que lo que hay adentro lo has perdido o, al menos, que no tienes ninguna posibilidad de acceder a él. Si Cortázar existiera aún probablemente vería un paralelo entre su cuento Casa tomada y se figuraría una situación similar cuya área de secuestro se extendiese sobre todo el espacio concedido al diskette y cuya posibilidad de acceso está en las alcantarillas donde tiró la llave de la casa tomada después de usarla para dejar la vivienda completamente sellada.
En fin, que Lorena no pudo siquiera extraer sus cosas para imprimirlas y se olvidó sus hojas sobre la mesa. Vino después de eso, claro, pero ya no quiso llevárselas alegando que estaba en bici y lloviznaba, o que otro día porque ahora no iba para casa, o qué se yo.
Llegó el día en que la imprevisión humana aparejó mi frustración cuando di con algo interesantísimo que quise leer y, al ir a buscar mis hojas sólo hallé en el paquete un cuarto de las que necesitaba para imprimir el documento entero. Ya sé que están pensando si habré implementado las estrategias básicas del buen ahorrador como por ejemplo achicar tamaño de la letra del documento, minimizar márgenes, imprimir a doble cara, eliminar espacios innecesarios, etc, sí, todas esas cosas hice también pero así y todo me alcanzó para un cuarto de la totalidad.
Por ende imprimí un cuarto, las hojas de Lorena estaban en un cajón del modular que nunca abro porque contiene esas cosas que nunca se buscan y que solo se da con ellas cuando el extravío temporal de otro objeto hace que la desesperación nos lleve a revolver lugares imposibles.
Me leí el cuarto de libro impreso en la mañana, me quedé con ganas. No les digo qué estaba leyendo o sobre qué porque no interesa al caso, quizá más adelante... Me quedé con la inquietud, como cuando se corta la luz y está por llegar el episodio culminante de una película. Empecé a revolver, en realidad sabía que no había más hojas nuevas, estaba buscando algún bloque que ya no me interesara o que ya hubiese leído que estuviese impreso de un sólo lado, ya saben para imprimir del otro. Lo hallé, pero también, junto a él, en el cajón de cosas que se guardan para no tirar, estaba la resma de hojas tamaño carta de Lorena. Me apropié de ellas de un manotazo, saciada por anticipado de mi necesidad de seguir devorando lo que tenga para decirme acerca de lo que estaba leyendo. Los escritos sobre esoterismo son así, adictivos, era mi primera vez y había muchas asociaciones históricas, etimológicas y culturales inesperadas. En fin, que llegué con la resma a mi ya no tan flamante, pero sí queridísima impresora Epson stylus C67 y las hojas no entraban en ella. No, abrí todo lo que daba el soporte receptor del papel a imprimir y no, que me queda el mazo de hojas ondulado, saqué algunas, todo buen imprimidor sabe que no es conveniente meter la totalidad de las hojas a imprimir si el archivo es muy grande, nada. Y dale yo presionando el soporte hacia el costado, pensé que debía abrirse unos milímetros más, si el programa de la impresora me da la chance de seleccionar tamaño carta para el documento es obvio que debe también dejarme introducir estas hojas en el soporte... ¡Y no! Chasco. No pude. Me vi empujada a modificarlas para poder imprimir mi cometido. marqué medio centímetro desde el borde hacia adentro, hice una línea con regla y quedó el margen listo para cortar, usé de puntero a esa hoja, la puse encima de la resma y tomé la trincheta. Desastre. La trincheta no sigue la línea. Con la asadera donde se hornean las empanadas y otras comidas, con eso lo logré. La puse encima de la línea a cortar, un recorrido por hoja y logré imprimir otro cuarto de libro. Desistí cuando casi me corto un dedo y arruino con sangre las hojas. Casi, dije. Mi impresora C67 “made in Brasil” discrimina, y los casos de discriminación deben ser deportados.

1 comentario:

Insomnio dijo...

Ahhh... la hoja oficio, sí. Esas impresoras y en realidad todas las máquinas que no hacen lo que dicen que hacen debería ser estrelladas contra la pared.
Se mata dos pájaros de un tiro así.