viernes, 30 de marzo de 2018

Discontinuado

Y si tu partenaire no continúa el cadáver exquisito,
¿el despojo se vuelve putrefacto?

 G.

Con frecuencia me pregunto si hay más probabilidades de dar con un conocido de capital en un pueblo inhóspito del sur o de dar con un conocido de un pueblo inhóspito del sur en capital. La respuesta siempre se decanta por lo primero. Pero vuelvo a la carga como si fuera una ecuación imposible, reciclable según las circunstancias. Enredada en este tipo de cavilaciones inútiles ocupo mi asiento en el bar Italiano mientras el mozo de la cicatriz se acerca simpático, como ningún mozo en capital. Desde la esquina perfecta de la cuadra, mi ventana en ángulo, veo cruzar a alguien de rostro familiar. 
Las conductas de uno se transforman en este sitio. El anonimato hace que yo escoja, contra todo hábito, un asiento en el que quedo expuesta. Nada de costados, fondos o reparos. En capital el mejor modo de esconderse es a la vista. Nadie mira al que está adelante, y, de hacerlo, emplea esa ojeada insulsa del que repasa sin ver. La gente en las urbes lleva los ojos saturados. Puede toparte nueve veces y no verte ni una. Sí te miran, en cambio, los pungueros.
 El del rostro conocido cruza la calle por fuera de la senda de líneas, corriendo, en diagonal, y con el semáforo para viandantes en rojo. Un taxista pega la mano a la bocina y no le frena.
 —¡Por Dios!—exclama el mozo—. ¡Por Dios! Casi... casi...
 Sólo teniendo cicatrices se puede ser hospitalario y atento en un sitio como éste, pienso.
 —Casi—asiento, al tiempo que Leandro se recorre la cicatriz para ofrecerme el desayuno. 
Le pido un café con leche con medialunas, sin despegar la vista del de camisa arremangada. Viene desplegando un plano y frunciendo el entrecejo. Eso no se hace, es un pueblerino novato en Buenos Aires. Cuánto más va a andar exponiendo su ajenidad el muy pajuerano antes que le afanen. Los planos se consultan a escondidas. Ahora faltaba nomás que le pidiese orientación a un peatón, exactamente así. Eso tampoco se hace, uno qué sabe quién es el que anda. Se consulta en un quiosco, en un almacén, en un mercado. Resta que antes de entrar al bar mire a los que están adelante con ese detenimiento perruno de los provincianos. Bingo. Que me clave la mirada porque le resulte familiar. Eso. Con el asombro estúpido de los que creemos improbable coincidir en un sector multitudinario. Sí, pequeño sitio a la par de tremendo país. Encontrarse con alguien del pueblo en un área concurrida en épocas de feria más que probable debería ser inevitable. ¿Dónde van a comprar lo que se vende en el pueblo si no en las ferias y casas mayoristas de capital? 
Yo escondo hasta la tonada con tal de que los taxistas no me paseen por calles secundarias para bajarme finalmente, después de sobradas vueltas, en un sitio al que pude haber llegado más rápido. 
—¿Me ayudarías?—pide, plantándoseme al frente. 
—Sí... 
—¿Dónde carajo estoy? 
—En el bar Italiano. 
Se me dificulta orientar sin tener un punto de referencia al que llegar o del que salir. Él sonríe como si le estuvieran tomando el pelo. Es esa mueca que antela una puteada.
 —Pero pará—lo agarro del puño de la camisa arremangada—. A dónde tenés que ir. 
—Al bar Carlos Gardel.
 Espero la aclaración, que no llega. Exploto en una risotada que me achina los ojos y me sacude los hombros. Vaya uno a saber si haya otro nombre que recaude tantos bares en Baires como ése.
El tipo se enoja, pero no renuncia. Me aplasta el plano sobre la mesa y me dice que dónde estamos. Yo, con una lapicera a mano, enderezo el rectángulo y hago un círculo en la esquina precisa. 
—Dónde te dijeron que estaba el bar.
 —En capital. 
Individuo ingenuo si los hay, no me había cruzado nunca con uno con tal avanzado grado de candor. Comienzo a cuestionarme, desde el fondo más remoto de mi desconfianza, si no seré yo la ingenua que esté tragándose entera y sin masticar una actuación magnífica. Pero qué querría alguien que se tomara el trabajo. El mozo me observa como supervisando. Está esperando que lo llame, lo enorgullece mostrarse a disposición. Muñequita, no se olvide de saludarme antes de irse, me dice siempre. Muñequita, llame unos días antes de venir, así le reservo la mejor habitación. 
 Su hermana regenta la pensión próxima al bar y Leandro me ha tomado cariño porque le digo que es el mejor mozo de Buenos Aires y que su ex ha debido ser muy tonta para haberlo dejado. Qué otra cosa se puede hacer con un mozo que ante un mínimo gesto de amabilidad se descompone en llanto o, según el día, en sonrisas y atenciones. Tengo la edad de la hija, a veces me llama por su nombre. 
La cara del tipo del plano está ahora contraída, semblante angustioso que intenta mostrar seguridad apelando a la dureza. Me habla mirando para un costado.
 —Me vas a orientar sí o no. 
—¿Tenés idea de la cantidad de bares que vas a encontrar con ese nombre en la capital? 
Me clava los ojos y expande una sonrisa torcida, no sé si de gratitud o de triunfo. O de mera ironía. Sus labios parecen a punto de lanzarme inocente palomita o quizás qué fácil es pescar en capital. 
—¡Sos del pueblo!—suelta en cambio, señalándome. Era eso. Me ha reconocido—. ¡Vos sos del pueblo!
 —Sí... soy de un pueblo.
 —¡No, sos del mismo que yo!—se me queda viendo, pasmadísimo—. ¿Tiene dibujitos?
 —Qué cosa.
 —Eso que leés.
 Siento en mi cara esa tirantez de cuando mis amigas me advierten que levanté demasiado una ceja y se me quedó así. Echo una mirada hacia atrás para comprobar la posición de Leandro. Ya no está cerca del mostrador con los brazos a los costados, ahora coloca dos tazas en sus platitos sobre la mesa contigua a la puerta de la cocina.
 Con una mano sobre el plano y la otra en la barbilla el sujeto me ha quedado viendo. Tuerce el papel en el cual yo garabateé minutos antes alguna cosa estúpida.
 Leandro capta mi mirada y se acerca con la bandeja vacía y el trapo rojo con el logo del bar.
 —¿La está molestando, muñequita?
 —¿Muñequita?—ríe el arremangado.
 —Dele la mejor mesa—pido a Leandro, por sacarme el peso—, ¿puede hacerme el favor?
 Leandro se frota la cicatriz, no es bueno para interpretar nada que no sea literal.  Irá a darle la que a su juicio sea la mejor sin adivinar que la mejor sería la más alejada de la mía.
 —Bueno, muñequita. Es que la mejor mesa es la que ocupa usted—dice entonces, guiñando el ojo.
 El desconocido de rostro familiar levanta el plano, divertido, lo dobla en cuatro y se lo mete en el bolsillo del pantalón. Lleva una mochila, recién lo noto. La acomoda en el respaldo de la silla y se me sienta al frente.
 —Si se me invita a la mejor mesa, acepto—dice, poniendo las dos manos sobre el mantel—. Un cortado, por favor.
 Me contempla con la parsimonia de los que creen que al día le sobran horas. Sacude la cabeza negativamente.
 —Quise ir al baño y no me esperaron—empieza a contar—. ¿Podés creer?
 —Quién no te esperó.
 —El grupo. Venía con un grupo—se enciende un cigarrillo—. Deben andar buscándome. Seguro conocés a alguno. Somos todos del pueblo.


martes, 27 de marzo de 2018

Repartirse

Hoy miré el agua del río y pensé que algún día el polvo de todos correrá por él. Algún día todo se desintegrará y terminará en el agua del río, y todos terminaremos mezclados, solidarios a la descomposición y la compensación del suelo.
Ayer removían tumbas en el cementerio, en la parte vieja, nichos que hace siglos nadie visita. Tiraron abajo las lápidas, vaya a saber qué hicieron con los restos. Restos, algunos anónimos, ya que la placa de metal que contenía el nombre se desprendió hace tiempo o fue robada por el valor del bronce o del cobre.
Entonces, pensé, esa gente ya debe haberse vuelto polvo, debe haberse reintegrado al ecosistema, debe ser aire, tierra, agua. Derribada por el olvido o por la falta de descendientes que paguen ha salido del único cubículo que la separaba de todo lo demás. Debe correr por el río hecha nada, y a la vez todo.
Una buena forma de estar en todos lados y en ninguno: volverse polvo. Repartirse.

sábado, 10 de marzo de 2018

El monstruo

(Alguien pidió que regresara este relato al blog. Ahí va )

El viento no lo dejó encenderse el cigarrillo, su acompañante quedó pasmado ante el caos que se desataba sobre la montaña. Se acercaba un núcleo con múltiples trompas, cada una de las cuales generaba un huracán cuando tocaba tierra. Juan Cruz se acariciaba el mentón:
―Si todo lo que existe está en nuestra mente ¿cómo es posible que vea algo en lo que no creo?
Rodrigo no le contestaba, ni siquiera había logrado entender lo que había dicho. La parálisis de su cuerpo no era de confusión, sino de miedo. Juan Cruz prosiguió:
―Creo que no existe, creo que es mi mente tratando de engañarme, porque todo lo genera la mente ¿no es así?
En ese momento, una lengua huracanada levantó al vehículo estacionado en la orilla y se lo tragó luego de darle dos tumbos sobre el pavimento. Apenas podían estar parados y el terror de Rodrigo empezaba a destrabarle los músculos ateridos.
―Tranquilo, es cuestión de imaginar algo ameno―sostuvo Juan Cruz―. Mira ahora, cierro mis ojos, imagino un arco ir…
Pero un látigo de viento se llevó al pensador junto con un inmenso ruido de latas, árboles y automóviles.
Una voz que venía del caos articuló: corre, corre para contarlo.

Y Rodrigo corrió.

jueves, 1 de marzo de 2018

1

Llevo un buen rato pensando en un seudónimo y ninguno me convence. Preparo el mate, miro la mata de espinaca rastrera, miro al gato que me enfoca fijo, con ojos amarillos. Los gatos logran quitar la cotidianidad a cualquier cosa, con su mirada fija, expectante, vuelven todo sumamente relevante. Pero la tarde ha transcurrido lenta, a pesar de la curiosidad de los gatos y de mi ansiedad por encontrar un seudónimo. Muy lenta, como siempre que me abruma el dolor y me asalta la consciencia de las cosas inminentes.
Un mensaje, que hace dos años podría haberme alegrado el día, ahora cae en saco roto, y es casi una molestia, algo a lo que ni sé si responder. Hay quien deja correr el agua pensando que el agua estará siempre ahí.
"Qué querrás vos de mí", pienso. Pero respondo que bien, que gracias, que espero ande también estupendamente y que le mando un gran abrazo. No acodo ninguna pregunta.
Sé que no habrá mensaje de vuelta a menos que su empeño le haga saltarse mi evidente falta de interés.
Tomo un mate cargado y alguien viene a mi mente como un flash. Aprieto los ojos para perderlo. Es una persona que siempre está colándoseme, devolviéndome una sonrisa debajo de los sauces, allá en el arroyito. 
A veces pienso que me he quedado suspendida en pequeños momentos diseminados a lo largo de mi existencia y que ya no estoy aquí, que ya no estoy más. Que en algún momento impreciso he dejado de existir y mi fantasma espera que algo o alguien, mágicamente, lo devuelva a la vida.

martes, 6 de diciembre de 2016

Bicho


Hace unos meses tengo este bicho. Me sigue a todas partes, solo me da respiro cuando duerme. Su sueño es liviano, cualquier sonido, por leve que sea, lo despierta. A veces siento que quiere asfixiarme. Lo he sorprendido con las manos tendidas cuando volteo por las llaves o por el celular. Él dice que nada más intenta un abrazo.
Si me enojo, trata de convencerme de que es un motor y no un mosquito, de que es latido y no hipo, de que sin él no movería un dedo y de que está mejor vivir así, a espasmos y pedales, con las piernas inquietas y las manos torpemente activas, con la mente sobre estimulada y el sueño convulso.
Hace poco, me dieron alguna pastilla para sedarlo. Pero esa lo deja tieso al pobre, lo he visto, inactivo. Y entonces me atrapa otro bicho.
Un bicho peor que él.

jueves, 1 de diciembre de 2016

yo que me espanté
ando igual de peor
o más de menos

¡muestro las palmas
antes de cerrarme!

harta
como pronosticaste

hartazgo del tuyo
cuando dijiste
la sed se aguanta mejor
sin gotitas de agua



sábado, 26 de noviembre de 2016

Lluvia

La primera gota fue como si alguien me tocara en el hombro. Me quedé esperando. La segunda me hipnotizó e inició un código morse que intenté descifrar como quien busca resolver la trivia del año. Cuando abrí los ojos,  el aguacero entero había caído sobre mí.
Cerré la reposera y me fui adentro, chorreando, con la ropa pegada al cuerpo. No estoy segura de haber decodificado el mensaje. Pero tengo posibles interpretaciones:
Los chaparrones te amamos
Precisas agua
Ya casi sos una planta
Hoy también hay que bañarse
Vas a crecer
Andas con ganas de mojarte entera

Color

Escapo de su vista, pero sus ojos me persiguen por las góndolas.  Sus pupilas recalan en el algodoncito que no me quité del brazo. Me caza de la muñeca, yo que le huyo como al viejo de la bolsa y se me engancha como la campera en la manija de la puerta cuando tengo prisa.
Te vi salir casi corriendo esta mañana.
Siempre salgo corriendo de esos sitios.
Miro alrededor. No puedo zafarme sin tirar la canasta de las cosas, sin levantar miradas.
Soltame, nene
¿Qué color tengo yo en tu mente?
Titubeo un rato, él balbucea la pregunta. Los ojos abiertos grandes. Repite. Espera. No sé si es tenaz o testarudo, o es muy joven. No sé si soy cobarde o precavida, o estoy vieja.
Rojocontesto, sorprendida.
Lo veo sonreir. Poco sabe de mí. Nada sabe de mí.
Mi miedo también tiene ese color. El color del algodón que no me quité del brazo.

lunes, 21 de noviembre de 2016




será que es tiempo de curarse
aunque sea un poco
¿puede la crisis
ser una revolución?
decís que hay algo más en mi llamado
pero yo nada más quiero dar una vuelta
solo que no acá
¡no acá!
vos me mirás con los ojos perdidos
y no entendés

no entendés que lo más pesado del dolor
son las cadenas

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Atracción

En el suelo una chinche verde atolondrada escapa de una ágil. Me acerco y escucho que la persecuta le dice:
­­―Si no cambias la forma conseguirás lo mismo, siempre, porque todo lo atraemos, y estás así renga y chota por eso… No querés escuchar verdades, y yo te lo digo todo por tu bien…
La chinche renga detiene un poco la marcha, y, cuando la otra la alcanza,  da un giro de 180 grados que la hace raspar en el suelo y soltar un gemido.
­―Claro, porque no se te puede decir nada, ves un ejemplo de vida y salís corriendo. ¿Por qué no aprendés de mí? Si estás así es porque te lo buscaste, ¡todo nos lo buscamos! ¡Igual te lo merecés!
La chinche coja vuelve a detenerse y hace idéntica maniobra, solo que esta vez derrapa para el otro lado y se raspa el flanco izquierdo del cuerpo.
―Y qué pensás hacer, ¿seguir así? ¿Por qué no te cortás la pata rota en vez de andarla arrastrando? ¿Qué te podés morir? ¡Si eso no es vida! Si yo tuviera una pata así… Pero bueno, yo soy valiente…, por eso yo puedo todo.
La chinche renga parece cansada de huirle, le hace frente un poco y la otra retrocede. Retrocede sin callarse.
­―Hay que luchar en la vida, mirame a mí, lucho, y atraigo buenas cosas. Todo nos lo atraemos,  a ver lo que has hecho vos para terminar a…
Mi paciencia agotada desata la tragedia: doy un aplastón inmisericorde con el zapato.
La chinche coja, que no advirtió de dónde vino el golpe, queda paralizada mirando  la mancha verde que mueve patas y antenas. Se acerca despacito, temerosa, y le responde, con una voz dulce que derrite las paredes:

―Tenés razón, sabés… 


martes, 24 de mayo de 2016

Alguien llama para decir que parte para Rosario a las doce, que será muy tarde para pasar pero que pasará igual y que me ponga una pijama bonita. Su voz me trae recuerdos mezclados, cosas que dejé por feas, cosas que me traje por mías, cosas que soy y que él conoce. A algunas personas les huyo porque ofician de espejo. Algunas personas, como el doctor C, saben quién soy y vienen a recordarme lo que quiero. Pero ahí estoy yo diciéndole que claro -sin ganas, con más miedo que entusiasmo-, diciéndole que por supuesto, doctor.
Muchas veces el doctor C me dijo que dejara de llamarle doctor, que por favor le dijera C, y ahora que me oye no hace excepción, me lo recuerda a viva voz, y me dice que me va a traer una sorpresa. A mí ya no sé -después de tantas- si me siguen agradando las sorpresas. Así que me voy a la cama pensando que quizás bromea -y eso no es posible viniendo de él, pero me tranquiliza pensarlo- y que llamará por teléfono cuando vea el primer cartel que anuncia el pueblo.
Tal como eso, el doctor C llama desde la ruta y me dice Noné. Solo él me dice Noné, por tanto hace valer su exclusividad repitiéndolo.
―Noné, ya estoy acá... Noné, Noné... en quince minutos te toco la puerta. 
Noné lo escucha, la respiración se le agita un poco y se ve envuelta en una nube de miedos que acaban de asomar, pero lo escucha y le dice que por supuesto, doctor. Noné ya ha tenido visitas del doctor C en otros tiempos. Son irrupciones cortas e intensas, como esos huracanes que en unos minutos lo revuelven todo. pero con la diferencia de que todo se genera sin violencia. C es pacífico y tranquilo, su arma no es el volumen o la agresividad sino la precisión. Es un espejo con alto poder balístico. 
El doctor C no genera indiferencia. Si te adscribís a  él estarás adicta y si dejás de verlo no querrás encontrártelo más.
Entonces ahí, Noné, yo y todos mis yo, se mueven hacia la puerta. El doctor C interpone un paquete con moño violeta y me dice Feliz cumpleaños. Tal como espero, dentro hay un obsequio que va conmigo, algo que él sabe que me gusta. Son detalles que le hacen a una sonreir, aunque sean las tres de la mañana.
Le invito un café. Dice que sí, que bueno, y que si no le voy yo a dar un abrazo o qué. El doctor C me da un abrazo suave, de esos que no aprietan pero que te tienen bastante tiempo como para que su perfume se te impregne en la ropa.
―¿Tiene congreso en Rosario?―pregunto, incómoda por sus ojos que se incrustan en los míos.
―Así es...
―Claro.
―¿Falta mucho para que me tuteés, Noné?
Nos reímos. Voy hasta la cocina y preparo el café, mientras lo escucho contarme la temática que trataron con el plantel de Córdoba y la planificación que hará con el equipo del hospital Alemán. Siempre me habla asi, como si yo entendiera todo, verdad es que de buena parte estoy enterada porque me lo ha referido con detalle, pero verdad es también que la terminología profesional suele dejarme al margen de todo entendimiento. Vuelvo con los cafés y unas galletitas y el doctor C me pregunta si no he vuelto al otro pueblo. Ahí está el espejo y su tentáculo. Y que no, que no he vuelto.  Y que por qué. Así que como un resorte salto a preguntar cualquier cosa, cualquiera.
―¿Y usted cuándo era que cumplía los años?
―Bueno... Noné, no me creo que no te lo acuerdes...
El 7 de septiembre, claro que sí.
―Verdad, doc, hablemos de otra cosa.
Con él no puedo mentir, no puedo usar subterfugios. Él te amaestra para eso. La honestidad, siempre.
―Ya con el usted y el doc me ponés un muro como el de Berlín, sabés. Pero está bien, no tocamos más el tema.
Es inútil con él. No necesita tocar un tema, hace que el tema nos toque. En vez de ir directo rodea el asunto, y en el rodeo lo cerca con una cuerda. Después solo le resta tirar. Tira y ahorca el tema sin siquiera tocarlo, desde la periferia.
―Usted pue...
―Vos.
―Vos... Vos podés tocar un tema sin tocarlo. 
El doctor se ríe, a veces me pareció descubrir en su mirada una suerte de esperanza, una expectativa, como si aguardara que yo le hiciera alguna devolución, que yo efectuase con él lo que él conmigo. Que yo fuera su espejo. 
Pero yo soy el colmo del relativismo. Nada es así o así en mi cabeza, a tal punto, que difícilmente podría encasillar una conducta suya sin sentirme errada. Pero así, silenciosa, se me cruzan las palabras: usted quiere lograr con los demás lo que no puede lograr con usted mismo. Y lo que es peor, quiere que se lo digan.
―¿Qué más puedo hacer, Noné? A veces pienso que nadie ve los hilos, que no se dan cuenta, trato de que todo sea espontáneo, sabés.
―Lo espontáneo no se trata.
El doctor levanta ambas cejas. Algo de mí le resulta nuevo y tengo su atención desbordada. Sus ojos son como escarapelas.  
―Quisiera que no se notara. Que la gente pudiera irse sin darse cuenta de que estuvo en una consulta.
―Los pacientes no tenemos la culpa de darnos cuenta―suelto, con algo de rencor, un rencor que no va dirigido a él, pero que ahí está de todos modos.
―Cuando te fuiste me di cuenta que yo también necesito terapia, Noné―dice.
Entonces hay un silencio. Un silencio tremendo que ninguna cosa rompe, porque a esa hora todos duermen y porque esto es un pueblo. Así que el doctor C se dio cuenta gracias a mí que él necesitaba terapia. O, mejor, se dio cuenta gracias a mi ausencia.
Pero cuando levanto mis ojos hacia los suyos, algo desconcertada, el doctor C pregunta algo que ya sabe y yo le sigo la corriente.
―Al final, ¿cuántos años es que cumplis?
―Treinta y cinco... ¿Y usted?
―Cuarenta y cinco.
―Ajá, sí, ya sé...
―Sí, yo también.
Abro la cajita con el perfume, un perfume exquisito que no recordaba haberle contado que me gustaba. Tengo un vacío en la panza. No quiero comentarle, porque no se puede. No. No se puede decirle al doctor C: odio que vengas ¿para qué venis? Luego necesitaré terapia y vos no vas a estar. Necesitaré terapia porque no estás.
El doctor C trata de meterse en mi pensamiento, pero no puede. Me agarra de las manos y me dice que cualquier cosa no dude en llamarlo. Que por favor lo llame, siempre. Yo le digo que claro, que por supuesto, y le suelto una sonrisa que trato de que sea espontánea... Pero lo espontáneo no se trata.
―Me esperan a las ocho. Me gustaría contarte cuando pase,a la vuelta.
Está diciendo que pasará a verme cuando esté de regreso a Córdoba, ya  que este pueblo le queda de pasada.  Yo solo puedo decirle por supuesto, doctor, y eso le digo.
―Por supuesto, C.
Él se alegra porque lo tuteo y yo sonrío porque sé que no significa nada. Pienso en el perfume y unos pijamas a lunares como los que él tenía la mañana que le caí a la casa. Unos pijamas celestes con lunares blancos.
Luego me besa en la frente y aspira mi cabello, dice que me cuide, por favor, y que tratará de dejar de tratar de una vez por todas. Que la próxima vez le va a salir mucho mejor.


domingo, 22 de mayo de 2016

pareidolia

ardor de melón en los labios
hay
sangre de manzana
goteando de la ducha

los domingos son esta cosa
sin nombre
este paréntesis
mezcla de lo que es
y lo que no es
aunque lo sea

yo quiero que tus ojos
sean pupilas de veras
y no camuflaje
en el lomo de un insecto

domingo, 8 de mayo de 2016

sos el aire que retorna
cuando mueren los vientos

sos mi amuleto mental

sos la curita que le pongo
al corazón
cuando se rompe

viernes, 1 de abril de 2016

Hay una puerta con lucecitas que da a un jardín interno. Hay unas sillas  que son de mimbre pintado. Ahí me siento, y él me dice que me quiere, que no importa qué, que me quiere aunque esté rota y más rota y peor rota, y que si me caigo me levanta y que si me derrumbo me arregla y no sé cuántas cosas que me resultan pretenciosas, moldeadas sobre algo que quedó suspendido, algo que nunca fue una camisa,  pero que su deseo almidona.
Me asombra escucharlo. Si acaso su atracción es porque le huyo, si acaso al darle atención se le pasara todo… entonces ese todo es la nada misma.
Yo estoy rota y él me quiere así, eso no deja de ser, con todo, lo más admirable del mundo. Pero de muy intacto que está no lo quiero. Tan intacto que parece que no hubiera vivido, que no tuviera vida. Tan celeste que me cuesta. Tan vacío que las voces que lo rondan le retumban y le salen por la boca. Dice que ama el olor a vainilla que hay en mí, de mis perfumes, dice que son de caramelo avainillado. Yo pienso que ama lo que hay de mí en la vainilla y que es muy fácil agradarle si cualquier cosa que diga será tomada por buena. Sus ojos se iluminan como estrellas al mirarme. Sus pestañas inocentes.
Me dice que no fue idea de las chicas, que se coló. Que no lo invitaron ni le dieron permiso. Sus manos mostrándome las palmas, sus ojos abiertos, fijos en mí. No es de esconderse, nunca fue de esconderse. Por un rato me quedo desarmada. Marcos. Su porte tan correcto. Su cabello tan lindo. Sus ojos azules. Su capricho conmigo.
Pone su dedo tímido en mi hombro,  desliza la yema hasta mi codo, hasta mi mano  y baja volando por uno de los dedos.
―Tu piel es suave.
Entonces me siento incómoda. Como si tuviera frío me abrazo los hombros y clavo los ojos en una maqueta que pende en la pared del fondo. Ya me estoy volviendo una cosa, siempre en su presencia: una cosa. Bonita, cosa. Soy como la cosa que se queda quieta por cansancio. Soy como el comodín en el que depositó aquello que quiere. La puerta cerrada, mi puerta cerrada, le permite imaginar cosas adentro.  Soy lo descosido en un cofre de diamante pulido. Y nada más. De pronto se levanta, como fastidiado. Me pregunto si tanto ha tomado en un rato. Busco mi copa y me acabo el contenido.
Ya empieza a dolerme la cintura y lo tiesa que estoy no beneficia. Se arrodilla a mis pies, me agarra de las manos. 
―No puedo ser un chocolate con menta―dice, como derrotado―. Quisiera ser como alguien que te guste a vos. Pero soy  más  como un robotito de mierda, no como te gustan a vos.
De un tirón me levanto. Miro hacia adentro. Como te gustan a vos.  Qué cosa va a decir después de eso.  ¿Un robotito de mierda? ¿Cómo diablos me gustan a mí? Los ojos de alguien a quien no puedo llamar se instalan en mi mente, el olor de su perfume, la voz pausada. Contra mi voluntad y conveniencia. La conveniencia, a ésa no suelo hacerle caso. La voluntad es una flecha desatinada. Una canción deletreada en el oído se me viene,  igual que la parálisis, me empieza a congelar desde la periferia. 
 Busco qué manotear como si hubiera algo que detener a toda costa. Y lo hay. Manoteo un  vaso que alguien dejó en el mostrador. La melodía que suena afuera no puede tapar la de adentro y mis labios forman un  nombre. 
Mi boca invoca un fantasma.

domingo, 14 de febrero de 2016

te llamas al silencio
como quien acumula agua
para venirse con todo

mira esta lluvia
por no dejarse caer
se estrella a pulmón
contra suelo

miércoles, 20 de enero de 2016

la noche está tan linda
que no quiero dormir
¿a vos te pasó?
¿te pasa?
no hay en el día estrellas
no hay rocío
no hay la tregua del calor
no hay el silencio
de cuando todos
-o casi todos-
duermen

un mensaje que llega
es algo excepcional
crea complicidad
con esa otra alma en ascuas
que no puede dormir

fundemos hoy el club de los insomnes felices
trasnochados en vano
dados vuelta

martes, 19 de enero de 2016

Vómito de colores


Cuando entramos, los que ocupaban el lugar estaban enredados en un problema. Tomamos una mesa y llamamos con una seña al que atendía, pero, a pesar de que asistió y anotó nuestro pedido, de camino al mostrador se implicó también en el problema y nos dejó olvidados. Por esa razón, no tuvimos más remedio que ir a ver lo qué pasaba. Ahí, escuchamos la arenga:
―¡Hay que hacerlo tomar hasta que reviente, a ver si se le van a quedar ganas de decir huevadas!
El que decía esto estaba muy ebrio y le costaba mantenerse parado. Sin embargo, los demás se prendieron: ¡hay que hacerlo tomar, hay que hacerlo tomar!
―Y hasta que reviente―remató otro.
En el medio, sentado y con la barbilla reposada en una mano, había un hombre panzón que parecía cansado. Levantó la cabeza y dijo:
―Yo no voy a limpiar eh, me aseguran eso y les demuestro.
―Vos tené que dejá de decí tanta huevada junta, hermano―le dijo otro más, uno que se agarraba de una silla.
―Yo no digo huevadas.
―¿Entonce por qué no queré tomá ah? Aquí los que dicen la verdá son los borracho y los niño, pero niño no hay, así que si queré que te creamo agarrá la botella y tomá como todo el mundo.
El hombre, resignado, aceptó la primera botella y se la empinó, una de vino tinto comunacho. Se veían las burbujitas, todos alrededor callados, tambaleantes. Solo el mozo parecía sobrio. Cuando la acabó le pasaron una de cerveza, y después otra de vino blanco. A los veinte minutos le empezaron a hacer preguntas.
―A ver ahora decí... ¿quién de nosotro dijiste vos que era el gorriao?
El hombre levantó los ojos sin mover la cabeza y señaló a uno. Al parecer al mismo que había señalado antes, porque todos chiflaron y se lamentaron.
―¿Y con quién dijiste vos que lo engañan?―preguntó otro
El hombre señaló a otro, y hubo lamentos y quejidos, uno que repetía “se ve que decía la verdá, decía la verdá”
―¿Y quién de acá lo sabía y no me dijo nada?―preguntó el afectado.
Y el hombre otra vez levantó el dedo, y señaló a otro. Todo parecía una gran tragedia, y cada respuesta que emitía el borracho les venía a corroborar lo que no le habían creído estando sobrio.
Los hombres se miraron entre ellos decepcionados, uno con más vergüenza que el otro. Pero, como siempre los humanos buscamos la mínima posibilidad, uno se acordó de la otra cosa que había dicho el panzón. Si esa cosa fallaba las demás cosas estaban salvadas, así funcionaba el asunto.
―Vos―lo apuntó el mozo―, ¡andás diciendo que si te emborrachás vomitás de colores!
―¡Sí, de colores vomito, parecido a pintura! ¡Te dije que no lo quiero limpiar y te dije que digás que los vas a limpiar vos si no yo no vomito!
La cosa se había vuelto de lo más absurda, y, como toda disputa entre borrachos de edad, conservaba el toque de dignidad ofendida. Nos daba pena el hombre, ahí, tan desparramado en su silla, era obvio que la honestidad lo había metido en un quilombo y que algún lapso de demencia senil le había hecho decir, entre medio de tanta sinceridad, que vomitaba arco iris.
Organizados, entre todos, le trajeron más bebidas y se pusieron a verlo. A estas alturas el pobre bebía con lentitud y pocas ganas, al cabo de un rato se había tomado dos litros más de vino y no pasaba nada.
―¡Vomitá, dale! ¡No vomitás porque no te sale, no te sale, che, te lo mentiste todo!
Los tres involucrados se miraron amablemente, comenzando a reconciliarse con la idea de una gran mentira que ahora quedaría expuesta: el hombre mentía, el hombre miente, no puede vomitar de colores, los borrachos siempre dicen la verdad, ponen a prueba todo lo que dijeron cuando estaban sobrios. Esa era la certeza que los unía. Ahí, esperando, esperanzados, raros todos, escucharon al mozo lanzar impunemente:
―Alguien cagó sobre la pizza…
Alguien cagó sobre la pizza, sí, así es, eso dijo el mozo con nosotros ahí presentes. Nosotros, que esperábamos cenar.
Entonces, el hombre sentado no pudo contenerse, abrió las piernas, y luego de una ruidosa arcada lanzó un angustioso y brillante vómito de colores.

martes, 12 de enero de 2016

mis sueños rotos no están muertos
respiran por la herida
cortan  al que intenta acariciarlos
sé que el espejo en que me observo
refleja al que me mira
sé que tengo el síndrome
del perro con hambre
que ha sido envenenado
soy el monstruo que prefiere
el llanto franco a la sonrisa ajada
soy el monstruo que tenés atado
-más monstruo se vuelve 
tras las rejas-
no digas yo no
los trapitos existen porque no ven el sol
donde lavarse
y la hilacha se vuelve hilacha
cuando se esconde
tan pronto señala afuera la gente
lo que tiene adentro
que a veces
hacen saltar la risa



martes, 5 de enero de 2016

lo correcto

a veces lo correcto me ahoga
y me imagino
a lo correcto
dándole guiso de desapego
al shakespeare
en vísperas de romeo y julieta

a veces lo correcto
me grita bastate a vos misma,
aunque te falten pedazos

tiene razón
tal vez

pero nunca le grita
al que se lleva tus pedazos
bástate a vos mismo, cabrón
al que te oprime
bastate a vos mismo, joputa
al que te explota
bastate a vos mismo, ladrón

lunes, 4 de enero de 2016

Lámparas

En el bar al que entramos las lámparas de pie estaban suspendidas desde el techo, su base agarrada sin plafón. Una de las mujeres sostuvo:
―Somos nosotras las que estamos al revés.
Otra le contestó:
―Nosotras y los muebles, y los autos, y las casas...
―¡Caigamos!―dije yo―.¡Caigamos!
Y así fue como nos largamos, y se nos vino el mundo encima.

domingo, 3 de enero de 2016

duele la desforestación
del alma
duele la guiñada de hombros
armada de argumentos
escuchame
si hubieran menos jodetes
los que pedimos justicias
no estaríamos tan locos

Memoria

solo te pido memoria
decís
como si ésa
no fuera una condena

lo tuyo es una sombra
proyectada
vos sin memoria
hacés recuentos

la escultura de los galgos afganos
ya no la recordás
los nombres que les dimos

ayer caminé por los pisos bonitos
de la iglesia de columnas de colores
¿te acordás que dijimos
lo sagrado es el arte?
¿te acordás que salimos a la lluvia
como si el techo no nos abrigara?

ayer subí  las gradas del museo
y toqué a la pensadora
estaba tan grande que me sentí pequeña
pero estoy segura de que no ha crecido

no hay palabras que devuelvan la confianza
corazón
no hay palabras que devuelvan
lo perdido

tratá de no degradar los recuerdos
prologándolos sobre las ruinas