jueves 23 de febrero de 2012

Bien

bien, digo
y la mente se me llena de escuerzos
la morsa que sube del estómago al pecho
el qué me importa en el portal, esperando
que alguna vez le abra la puerta para salir a jugar
usted que no puede pero trata

y es soltar esta sonrisa simiesca
azufrada
sobre la pista eléctrica
que transita por los nervios como un verdugo errante

bien
solo porque lo preguntan
porque da trabajo retractarse
porque he venido a que me quiten
las espinas del colchón en que duermo

con el dedo en el filo de una puerta
que golpea constantemente
y con usted que me da un analgésico
y no abre ni cierra la puerta
ni me saca el dedo del filo
ni me desata para que pueda salir corriendo.

martes 31 de enero de 2012

Pesadilla

....A qué o a quiénes íbamos venciendo yo no sé. Era como en los videojuegos, nos quitábamos monstruos de encima para poder avanzar. Caminábamos todos juntos, en un grupo. Yo iba casi al último y ni veía las tropas amenazantes que los que estaban a la vanguardia vencían, apenas si sentía el desnivel del suelo cuando le pasábamos por arriba, una especie de lomos de burros diseminados por doquier. Eran obstáculos caídos. O nosotros, o ellos. A la cabeza iba Saramago, y entre nosotros estaba Marx. Éste último no paraba de hablar ni por un segundo, y cada vez que alguien le llevaba la contra decía: ¡Yo soy Marx! ¡Soy Marx! ¡Carl Marx! Nadie lo había invitado, se había unido por iniciativa propia, puesto que estas legiones se habían agrupado en categorías literarias y en esos términos se regían para las batallas.
....En una curva del camino la romería frenó de golpe y varios nos caímos al suelo. Se escuchó un alto el fuego por parte de ambos líderes, pero los grupos empuñaban enérgicamente sus armas contra el enemigo. El cabecilla del contrario era San Agustín, lo supe porque él mismo se presentó y porque su voz era tremendamente estentórea. Tenía un báculo en la mano y lo blandía como si con eso pudiera convencer de sus preceptos. Los seguidores no le hacían caso, venían y nos atacaban, fanáticos. Lo único en que se parecían los dos jefes era en que trataban de contener la violencia de su séquito. San Agustín se había parado sobre un pilastro y gritaba a voz en cuello: ¡Todos son necesarios para el mundo, no ataquen, es el orden natural, el orden del Señor! Pero Agustín siempre se pisa un poco: ¡Sólo la existencia de infieles engrandece la de los fieles!
....Entonces, Saramago, que hasta el momento se había mantenido muy conciliador, comentó: ¿El orden natural de las cosas? Y después los fundamentalistas son los otros...
....Carl Marx mascullaba algo allá en el fondo, pero ya nadie lo escuchaba de tanto que había hablado. La multitud de este lado estaba impaciente, escudriñando las fuerzas de la adversaria, esperando nerviosa una orden de ataque, un permiso de lucha.
....El santo, sin la menor noción de quién era el que lo enfrentaba, siguió con su perorata del orden divino y con su alegato de paz que, sin embargo, contemplaba muy poco la tolerancia. Vamos a discutir este asunto, señaló, con diplomacia. En realidad utilizó un término más vetusto que ese, dijo areté en un cocoliche inexplicable, anacrónico y desconcertante. Si no fuera porque llevábamos a Francisco de Asís el consenso hubiera sido imposible. Así, la negociación dio como resultado un armisticio: ustedes pasan por la izquierda y nosotros por la derecha, sin agresión. Había un monolito justo en la curvatura del camino, ellos pasaron, recelosos, por la derecha, y nosotros doblamos a toda prisa por la izquierda. La rotonda por unos segundos se asemejó a un tornado en potencia, dos vientos de temperaturas extremas bailando una peligrosa ronda italiana.
....No habíamos vencido esta vez, sólo habíamos esquivado, y muchos estaban frustrados por esa cuestión. Dos corrientes con igual fuerza y séquito se extinguen entre sí, opinó un científico del grupo que hasta el momento se había limitado a escuchar, única razón por la cual no le saltaron encima. Es que en realidad no eran dos corrientes iguales ni en fuerzas ni en séquito. Él no tuvo la culpa de haber engendrado lo que engendró, dijo otro. Igual le pasó a Einstein, aportó uno más, pero ya todos se quedaron con una inquietud en el cuerpo, como si les hubieran restringido el ejercicio diario al que estuvieran habituados y ahora el sedentarismo viniera a tirarlos de las patas.
....De pronto se oyó un alarido que parecía del paladín de un malón, un tropel como de caballos criollos, unos aullidos violentísimos y toda nuestra cuadrilla se inclinó para adelante, haciendo pogo como en los recitales de rock, y después los bultos bajo los pies, el camino franqueado. No había sangre en esas embestidas, se trataba más bien de derrotas del alma, de la mente o del discurso que, de alguna manera, se ejecutaban con el cuerpo.
....La intención final era ganar adeptos, tomar rehenes, engrosar la propia comitiva. Yo tenía cierto temor cuando aparecía un nuevo contrincante, me ponía de puntillas y trataba de definir de quién se trataba, pero la mayor parte de las veces estaba demasiado lejos o no lo conocía. Ni hablar de cuando empleaban lenguas extrañas.
....Nos habían obligado a agruparnos, nos habían forzado a elegir dirigentes; de cierta manera, todos estábamos allí por elección y por coerción.
....El sonido de la caballería que perseguía al último grupo derrotado se hizo sentir enseguida. El jefe llevaba un rostro caricaturizado, venía montado en un tobiano y estaba como paranoico, gritaba: ¡Bárbaros, las ideas no se matan! mientras azuzaba al ejército con una espada cubierta de sangre. Barata, eso sí.
....Diezmamos a esos también. Se salvaron los que escaparon y los que, no pudiendo con nosotros, se nos unieron. Esa era la debilidad de nuestro ejército, llevar a los contrarios en sus propias entrañas, a los peores de ellos, si tenemos en cuenta la cualidad acomodaticia de los mismos. Cómo evitar así batallas intestinas. Cómo impedir luchas que sólo arrojarían triunfos pírricos.
....En otra curva, y esta sí terrible, con precipicio a los costados, un grupo reducido y apiñado se detuvo desafiante. Oí que se daba la orden, que nadie se corría y de pronto comprendí el dilema en el que estaba. Salí corriendo hacia delante, abriéndome paso en el engrosado muro de personas. Era Santo Tomás de Aquino. Pero en realidad a mí él no me importaba tanto como la Flannery O’Connor, que se le prendía del brazo. ¡No disparen! chillé ¡Son de los nuestros!
....Una risa incontenible, burlesca y unánime dispersó por unos segundos el clima combativo, ardid que se rearmó sin embargo en un soplo y con mayor virulencia. Hacía rato que la cosa había dejado de ser... literaria... Que no había caso, el precipicio estaba muy hondo. Nosotros teníamos a Francisco de Asís pero ellos contaban con Tomás de Aquino y con uno que sacudía una mano invisible, y yo quería reconciliar los bandos para no perder a ninguno. Imposible. La gente se pasaba de un grupo a otro, traicionera o reaccionaria. Me había agarrado cada multitud de un brazo, porque yo era una pieza cualquiera, politizada, y tiraban hacia sí como para desmembrarme. Los utópicos cruzaban violentísimos la línea de separación y se estrellaban sin armas, a pulmón.
....¡Ni lo uno, ni lo otro! grité para defenderme, suponiendo que por ahí venía la mano: ¡Soy agnóstica! Pero no surtió efecto, ¿qué más podía ser? Las muchedumbres que de ambos lados pedían mi descuartizamiento se enfrentaban como en una cancha de fútbol. Alguien dijo con tono de sorna que la mía era una postura tibia y que merecía el aniquilamiento. Eso fue lo último que escuché.
....Por suerte, tuve mucha suerte, no vi la cara del juez que ordenaba mi deceso. Justo alguien dejó caer en la cocina una taza de café.

miércoles 25 de enero de 2012

sábado 5 de noviembre de 2011

Tsunami

Acabo de adoptar un tsunami.
Iba tranquila por la calle
y me dijo
nena
te hace falta un poco de movimiento.
Se me metió hasta el patio
y me bajó toda la ropa.
Esparció basura por la casa,
poceó el césped
con la perseverancia envidiable
de un grillo topo,
me tronchó las enredaderas
y se almorzó casi todos mis pretextos.
Cuando salí escoba en mano
vino satisfecho moviéndome el rabo
¿te gusta lo que hice, nena?
Lo hice todo para vos.

sábado 8 de octubre de 2011

El color que no existe

....Hacía horas que estaban sentados en silencio sobre esa piedra gris y erosionada. El sol golpeaba fuerte, pero no lo sentían debido a la brisa y a la humedad del río.
....—Anoche lo volví a soñar—dijo Germundez.
....Livorio se quedó callado, mirándolo remover el agua con un pie.
....—Me está enloqueciendo.
....—Contame de nuevo cómo es el sueño.
....—No es un sueño que se pueda contar.
....—Bueno... intentá...
....—Ya te dije, Livorio. Es un color rarísimo.
....—Un color, sí, me dijiste. Pero todo color de este mundo se logra mediante mezclas de otros colores.
....Livorio reculó ante la impredecible patada que el otro pegó al agua tumultuosa. Era una descarga de energías, nada más, pero una descarga que salpicó bastante.
....—No. Este color no tiene antecedentes.
....—Ah... cómo no va a tener...
....—¡Si no me creés, entonces para qué mierda me preguntás!
....Livorio se sintió agredido. Giró sobre sus talones dejando una impronta circular en la arenisca. Había algo en el ambiente, en la mirada ausente de Germundez, que lo enclavaba. De espaldas al otro, insistió con el diálogo:
....—Y cómo es, Germundez. Cómo es ese color.
....—Ya te dije que no tiene analogía.
....—Bueno, pero por ahí me podés orientar, describilo, hacé un esfuerzo.
....—No puedo, no se parece a nada que yo haya visto con anterioridad.
....Livorio se acarició la oreja, especulativo, pensaba en dinero, mucho dinero. ¿Cuánto pagaría el mercado por un descubrimiento así? Sólo hacía falta hallar la fuente, el receptáculo del color, descubrir qué sustancia ignota lo portaba, qué reacción química lo generaba. Algún pigmento inasequible del fondo del mar. Quién pudiera ponerle copyright a un color.
....—¿Pero vos lo ves?
....—Sí.
....—La puta madre.
....—No insultes, que tu aura me hace mal a la vista.
....—¿Vos ves el aura, Germundez?
....—Sí.
....—¿Y hay gente con el aura del color...? De ese color que decís.
....—Sí.
....—Pero no lo estás viendo ahora. ¿O sí?
....—No, Livorio. Todo lo que nos rodea tiene los colores habituales, y no hay más gente que vos y yo acá. Ninguno de los dos tenemos el aura de ese color, es una pena, porque es un tono espectacular, realmente hermoso.
....Sin saber qué decir, Livorio se frotó las manos lenta y frustradamente, como si quisiera sustraerse a voluntad de un campo magnético que lo demoraba.
....—Es horrible...—suspiró Germundez, y el otro, que se disponía a sacar una calculadora del bolsillo, lo miró curioso.
....—¿No dijiste que era hermoso?—se acercó a encararlo—. Deberías sentirte privilegiado. Mirame a mí: ¡daltónico! Tenés un don exclusivo, tu ojo ve lo que los demás ojos no ven, un color hermoso. ¿No dijiste que era hermoso?
....El sol que se escondía por el oeste esbozó un tenue arco iris al eclipsar el agua de la cascada. Ambos contemplaron los siete tonos como si fueran erróneos.
....—Sí, el color es hermoso. Lo que es horrible es no poder mostrárselo a nadie.

lunes 19 de septiembre de 2011

La cola

....La cola del banco es sinuosa y despatarrada, excede la capacidad del emplazamiento, se sale por la puerta giratoria (imagínense una columna de personas quebrándose en círculo, pisándose los zapatos, puteándose alternativamente) y emerge hacia la calle, llega a la esquina, la dobla, la vuelve a doblar.
....Los perros juegan a mear las piernas de los distraídos. Los arrebatadores se disputan el montón, como en el juego de naipes.
....Chacho viene a cobrar su primera jubilación. Tiene una pierna postiza que fuerza hacia el costado para caminar. Trae un palo largo, que no es un bastón, y un obediente perro peludo con garrapatas en las orejas.
....Ingresa al banco, no sin primero estrujarse un poco en la puerta carrusel, intercambiar algunos escarnios, rozar la fragancia dulcísima de algunas damas y el perfume cítrico de algunos caballeros.
....La fatigada empleada lo ve venir y revolea los ojos. Los ancianos siempre son tan inoportunos, siempre son tan egocéntricos, piensa, tan lentos.
....—Abuelo, haga la cola como todos los demás—lo detiene, cuando ve que abre la boca.
....—Pero yo solo...
....—La cola.
....—Solamente...
....—¡La cola!
....Con total naturalidad podríamos imaginar a Chacho pensando, resignado, aquello de la irreverencia de los jóvenes de hoy en día, de la falta de consideración hacia sus mayores, de la insolencia de los que se creen eternos y benditos.
....Pero no. Chacho no la exculpa, ni la culpa, ni la comprende, ni la compadece, ni la odia, ni la reprueba, ni la apaña, ni la envidia. Chacho no tiene otra cosa en mente, y su mente siempre fue pragmática, más que salirse con la suya.
....La chica, que entre uno y otro cliente levanta la vista de vez en cuando, divisa ahora pasmada al enorme perro peludo sentado al lado del dueño, el cual se ha repantigado en el sofá de espera del salón. Coge el teléfono, mientras le hace seña al próximo turno de que aguarde, por favor, no la atosigue. Llama al guarda porque hay un animal apestoso dentro del edificio. El oficial, que tiene a su encargo el orden del lugar, se imagina a un chancho. Los lectores nos figuramos al perro. La empleada se refiere al viejo, que ya de plano le cayó muy mal porque en vez de recogerse e ir al final de la cola intentó colarse varias veces, infructuosamente, y se paseó por todas las ventanillas habidas y por haber, en donde, como corresponde, lo mandaron al final de la peregrinación, allá a dos vueltas a la manzana.
....El viejo no es un rebelde, no es un buscapleitos ni se ha resentido por el trato; nada más está preocupado de llegar tarde al almuerzo, y es cachafaz, lo que indica picardía no exenta de cierto coraje. Así que se ha sentado a esperar a ver quién se digna a atenderlo.
....El oficial se aproxima.
....—Abuelo, no puede estar aquí adentro con ese perro.
....—Yo no soy abuelo suyo.
....—Bueno. Que no puede estar aquí adentro con ese perro.
....—Y con cuál quiere que esté, es el único que tengo.
....—No, no, me refiero a que no se permite el ingreso con mascotas.
....—Yo no he ingresado con él. Él ha entrado solo, por propia cuenta.
....—A ver, no se me pase de vivo. ¿Lo acompaño hasta la cola?
....—La cola la tengo pegada al cuerpo, mi joven, no necesito una excursión hasta ella.
....—¿Va a salir por sí mismo, o necesita que lo arrastre?
....—No me muevo hasta que me den la información que preciso. Yo soy Chacho Castaño Masrintiaga.
....—Y yo Juan López, mucho gusto—dice el oficial, agarrándolo del brazo.
....—¡Le dije que soy Chacho Castaño Masrintiaga!
....—Y yo Juan López, no chille, sólo lo estoy conduciendo.
....—Se me ha caído la pierna.
....—Buen intento.
....—¡Que se me ha salido la pierna postiza, pelastrún!
....Es verdad, la pierna y el perro se han quedado en el banco, la una encima y el otro al lado.
El guarda se siente intimidado por las miradas aviesas de la gente, pero se resiste a ayudar.
....—Bueno, puede ir a buscar la pierna.
....—Y cómo quiere que camine, zopenco.
....—No me falte el respeto, si yo soy zopenco usted será pajuerano, venir al banco con un animal, una ortopedia mal habida y un palo como ése.
....—Es mi cayado.
....—Debería quedarse callado, sí.
....—Dije que es mi cayado.
....—¿Y eso para qué sirve?
....—Eso no le importa. Aplíquese en solucionarme el problema que me urge.
....Llegan hasta el asiento donde la extremidad ortopédica ha quedado genuflexa. El viejo se la coloca con parsimonia.
....—Yo no puedo solucionarle estas cosas, abuelo, usted tiene que hacer la cola, esa es la ley, equitativa y general.
....—¿Usted quiere saber para qué sirve el cayado?
....—No, lo que quiero es que salga de aquí adentro, donde no van a atenderlo si no hace cola. Quiero que se ponga en fila, como todo el mundo, y que saque a ese animal de aquí. Que no me importa si ha venido por propia voluntad, a usted está siguiendo. Y si no le hace caso es que no tendrá usted suficiente autoridad.
....—¿Que no la tengo?
....—No.
....—¿Quiere saber para qué es el cayado?
....—No me incumbe.
....—Y a mí no me incumbe que no le incumba, mire.
....El anciano se para sobre la pata de veras y la de mentira y eleva el palo como un dios reclamando una tormenta.
....—Ataque, Samso—dice, mientras señala donde la cola remata en un petiso bigotudo que sonríe a la cajera.
....El perro se dirige al blanco y, con un feroz amague de mordida, logra hacer recular al petiso, a la gorda detrás del petiso y a las dos mujeres que esperan prendidas del brazo. El retroceso brusco provoca una caída en masa, un griterío unánime y la desesperación del guarda de seguridad que avienta los brazos contra el perro.
....—Samso, calmado—ordena Chacho, bajando su cayado, al tiempo que se acerca cojeando hasta la misma cajera que, hace un rato, lo había mandado a hacer la vuelta manzana.
....—Me va a atender o no.
....—Usted no puede proceder así. Tiene que hacer la cola—sostiene la chica, intransigente—, como todo el mundo.
....Chacho vuelve a invocar al perro, éste da un salto sobre el saliente del mostrador y mete la cabeza por el hueco de la ventanilla.
....—¿Me va a atender?
....La demandada asiente con la cabeza, porque la palabras no hay forma de que le broten y siente las palpitaciones del corazón en las orejas. El perro le lanza amenazadores mordiscos, tiene el hocico lleno de espuma y ya la ha salpicado.
....Por orden del viejo, el animal de un brinco cae al piso, donde la gente se abre en semicírculo.
....—Está bien—concede al fin la cajera, todavía el susto le trepida en las manos y la inseguridad la hace momentáneamente incompetente para manipular los billetes—. Qué necesita.
....—Quiero saber la fecha de cobro de la jubilación.
....—Los haberes se pagan pasado mañana, viernes, 2 de septiembre, de siete de la mañana a una de la tarde.
....—Gracias.
....—¿Eso era todo?
....—Eso era todo.

miércoles 7 de septiembre de 2011

Coincidencia del tipo A: Rebeldías

....Un muchacho entra al restaurante seguido de otro. Uno toma asiento contra la pared de la derecha, el otro, contra la pared de la izquierda. Uno pide carne de vaca asada, el otro, carne de cerdo en estofado.
....Devoran la comida en pocos segundos y se levantan urgidos, uno detrás del otro, en el mismo orden que al entrar.
....Tras vomitar, alzan los rostros pálidos hacia el espejo de entrada y se descubren avergonzados. Uno es judío y el otro, hindú. Ninguno de los dos se lleva bien con su padre.

martes 30 de agosto de 2011

Prioridades

....En el vidrio de la cabina hay un sticker con un signo de exclamación que previene sobre la prioridad de atención a embarazadas, discapacitados y ancianos. Fichándolo apenas entrar, una embarazada corre hacia la ventanilla al mismo tiempo que un anciano que entra por la otra puerta. Para desempatar, les da alcance un discapacitado.
....—Yo estoy más embarazada que usted discapacitado—dice la mujer.
....—Yo estoy más viejo que usted redonda—dice el anciano.
....—A mí me falta un pedazo, y a ustedes no—tercia el lisiado, sobre su silla de ruedas.
....—Al menos usted está sentado—reprochan los otros dos.
....Desde el extremo final de la cola alguien oye y se acerca a tropezones, es una vieja.
....—¡Yo soy anciana, soy ciega y estoy embarazada!—embate la mujer, que se pone delante del empleado y con ligereza tramita lo que tiene que tramitar, mientras los otros tres la miran embelesados. Cuando voltea, la embarazada reclama:
....—Oiga, cómo va a estar usted embarazada...
....—No ha leído la Biblia, mi querida—responde la ciega—. Tarde para reaccionar, de todas formas... Y póngase antes que los otros dos, que usted tiene una sola boleta y esos tienen más de cinco cada uno.
....Cuando la vieja desaparece y la embarazada termina de pagar su única factura, el discapacitado protesta:
....—¡Caray, con los ciegos de hoy en día...!

lunes 15 de agosto de 2011

Prohibido el ingreso con mascotas

....Como la señora insistía tozudamente y a empellones, el portero se había parado de piernas y brazos abiertos, obstaculizando la entrada.
....—Ya le dije que está restringida la entrada con animales, debe dejarlos en su casa—sostuvo el hombre, con voz firme y mirada severa.
....—De ningún modo, cómo cree. Ellos vienen conmigo o no entro.
....Los perros, que eran dos y estaban sujetos a unas sogas que su dueña bamboleaba, olían al extraño y, de vez en cuando, meaban la reja. Ya se sabe que estos animalitos de extraordinarias vejigas almacenan líquido constantemente y tienen una envidiable eficacia urinaria, de modo que pueden cortar el chorro en plena micción, para reserva.
....—Señora…—dijo el hombre, con un dejo de inminente pérdida de paciencia—. Son sólo bestias, haga el favor de llevarlas a donde deben estar, este no es sitio para ellas, ¿o alguna vez ha oído…?
....—¡Cómo se atreve! ¿No ve que están oyendo?—la boca de la mujer se alzó amenazadora como una montaña prominente en un rostro plano, jamás había visto su interlocutor semejante magnitud de labios y de puchero reunidos en una sola cara—. ¡A ellos les ofende! ¡Ellos tienen sentimientos!
....—¡Al diablo con esas cosas!—protestó el hombre, devolviendo un empujón, sin sacar pies y manos del marco de la puerta—¡No tienen almas!
....La cola empezaba a impacientarse. Algunos empujoncitos discretos delataban la intranquilidad, eran leves, pero sostenidos. La mujer cedía ante la presión trasera que favorecía sus embestidas.
....—¡Quítese!—gritaba el guarda, presa de indignación—. ¡Váyase! ¡Deje a esos bichos y vuelva sola, terca mujer!
....—Se quedará afónico usted, pues ya le he dicho que mis perros vendrán conmigo. No pienso dejarlos.
....Los que sumisamente esperaban detrás comenzaron a resoplar y a quejarse. Apelaban ya sin miramientos a las fuerzas de seguridad para que la quitasen del medio, para que se encargaran del asunto en una oficina y liberaran la circulación. Había gente que hacía horas que aguardaba y no conservaba el buen humor.
....—Mire, señora, si usted dejara de empujarme y se pudiera solucionar esto de alguna forma diplomática… Pero claro está, los dueños se parecen a sus mascotas y con los perros no hay chance alguna de razonamiento—sostuvo el hombre, entre los vaivenes de las arremetidas y sus consecuentes repliegues. Había algo de humilde superioridad en su habla que, no obstante, se veía opacada por el desafuero. Algunas personas ya gritaban a viva voz que la retiraran.
....—Señora, una última oportunidad—concedió el portero, retirando cautelosamente las manos de la puerta y poniéndolas en los hombros de la causante del atasco. Ella lo contempló como a algo irremediable, incapaz de ser movido a conmoción, sólo vencible por la fuerza—: Lleve los perros a algún lugar seguro, donde alguien se los cuide, o déjelos en su casa sin echar llave. Pero vuelva sin ellos, es el único trato admisible aquí.
....—De modo que no está dispuesto a negociar—increpó la señora, que tenía toda la intención de salirse con la suya.
....—Dice usted bien. No hay oportunidad de negocio. O vuelve sin los animales, o se queda sin entrada. Porque, además, es mi deber retirársela y restringirle la admisión por un lapso de siete años—concluyó el portero con tono más calmado, midiendo el impacto que pudiera causarle a la mujer tan horrible información.
....—¿Habla usted en serio?—preguntó ella, con una chispa de alegría en los ojos.
....—Muy en serio—ratificó él, enfatizando las palabras para dar a conocer la rigurosidad del asunto. La dueña de los perros estaba absurdamente feliz, había dejado de empujarlo para querer entrar a toda costa, y parecía no creerle, porque volvía a preguntarle, una y otra vez, entusiasmada, si era verdad que podía retirarse.
....—De modo que me voy—dijo entonces, eufórica, ante una cola atónita de ojos que descreían y miraban pasmados. Alguna gente suspiró—. Claro que me voy.
....Irguió la cabeza como recobrando la dignidad arriesgada en las arremetidas y dio media vuelta, seguida de Kike y Roco en sendas correas. Antes de abrir la puerta de su casa volteó para celebrar:
....—¡Dentro de siete, tendrán que darme otros siete!—levantó las manos al cielo, en alabanza—. ¡Ahhh, soy eterna!
....El hombre de las llaves no pudo escucharla ya, estaba en una dimensión impermeable, en una verdadera torre ebúrnea. Tampoco notó a los que discretamente desertaron. Había recuperado mágicamente su expresión beatífica y la cola de gente que miraba ansiosa las rejas doradas había reanudado sus expectativas en el mismo punto en donde se habían congelado minutos antes.

lunes 25 de julio de 2011

EL loro

....Los perros dormían amontonados en las casetas de a tres o de a cuatro. Mirna bajaba todos los días a darles de comer y a limpiar las deposiciones. Estaba gorda y le costaba caminar, ya le había advertido a Laurita que algún día la iba a encontrar atascada en el hueco de la escalera o inmovilizada en la cama. Pero a Laurita no le importaba nada. Mirna pensaba que a su hija le incumbía un rábano que se cayera y se magullara toda y que los perros se pasaran una semana sin comer.
....Una vez se quebró el tobillo por intentar podar la enredadera subida a una escalera. La madera donde había puesto el pie no soportó su peso y se desplomó encima de la cerca de hierro. Estuvo llorando por horas hasta que decidió arrastrarse hasta el teléfono. Laurita se asustó y después le dio un sermón. Laurita tiene esas cosas, pensó mientras limpiaba los bebederos para que el mosquito del dengue no desovara allí, la regaña a una cuando le acaba de ocurrir una desgracia.
....El loro australiano sobrevolaba el redil de los perros todas las tardes a las cinco en punto, luego solía parar a descansar sobre los caniles. Mirna lo vio, verde y amarillo, depositarse sobre el palo del alambrado.
....—¿Qué contás, Pamelo, estás haciendo tu ronda de la tarde?
....Pamelo carraspeó con un sonido gangoso y la miró de costado.
....—Los loros no comen balanceado para perros...
....Y los perros no comen alpiste, pero Pamelo de un salto se posó sobre la bolsa y Mirna cedió al chantaje. El loro levantaba la cabeza y engullía uno por uno los gránulos de carne procesada y seca.
....—Contame algo, Pamelo.
....—Pamelooo. Algooo.
....—Sí, contame algo.
....—Algooo. Algooo.
....—Que me cuentes algo, loro de mierda.
....Siempre le daba comida al ave, pero moderadamente. Ahora en cambio lo dejó empanzarse, un pájaro como ese no iba a acabarse las reservas, apenas si podría empujarse una taza de alimento.
....Sin embargo, el loro le dio una sorpresa. Se comió el equivalente a dos tazas y media y quedó sentado, aplastado contra el poste como una gallina clueca.
....—Volá—trató de espantarlo Mirna—. ¡Pájaro que come, vuela!
....Pamelo la miraba con un ojo y con el otro midiendo el momento preciso en que iba a tener que esquivar un manotazo.
....Los perros habían salido de las casetas y rodeaban a Mirna con actitud de paciente expectación. Ella miró al loro y sintió pena por él, una empatía que nacía de su propio sobrepeso. Se acercó cojeando, despacio, pero el ave cambió de palo, desconfiada.
....—Me cago en el loro.
....—Pamelooo. Pamelooo.
....—Seee, en Pamelo—replicó ella—. Contame algo.
....—Algooo. Algooo.
....—Uff.
....Si Laurita viniera esta semana le diría que el televisor ya no funcionaba, que había empezado la semana pasada a emitir unos sonidos extraños y a decolorar la imagen, hasta que por fin se había apagado definitivamente. También le pediría que trajese dos bolsas más de comida para perros, que ya se estaba acabando la última, y que la proveyera de víveres. A ver, si Laurita viniera tendría que hacerle un listado extenso de cosas pendientes. Esta pierna se le había enfermado mucho desde la última curación, estaba tan hinchada y tan roja, y no había podido seguir la dieta. Tendría que llevarla a un médico mejor, uno que supiera recetar regímenes a las personas obesas.
....Debería prometerle que le iba a bajar los muebles del dormitorio al living, porque ya no le era posible estar subiendo la escalera a diario. No, es cierto, nunca quiso dormir en las salas de abajo, pero las gradas la estaban matando, la edad no viene sola. Se apoyó en la puerta del cercado observando a los perros moverle la cola.
....—Ya comieron, bonitos.
....El loro la escudriñaba desde el poste y lanzaba cacareos imitando a las gallinas. De vez en cuando, soltaba una risa infantil y espasmódica.
....Hacía dos días se había roto la tubería del lavadero. Mirna había encontrado la planta baja con treinta centímetros de agua. Había cerrado la llave de paso y había llamado al plomero. Éste le prometió ir al día siguiente, pero se retrasó veinticuatro horas y Mirna se quedó sin agua por un día entero. A no quejarse, ya era suficiente favor que el plomero viniera hasta casa, si no fuera amigo de la familia no se haría un viaje al campo para arreglarle un caño a una vieja que no podía pagarle el viático. El hombre selló como pudo la filtración, pero se necesitaba reemplazar un grifo y cambiar el caño rajado que él había apretado temporariamente con una abrazadera y había empastado con goma. Mirna ya tenía anotadas todas las especificaciones para que Laurita le consiguiera los materiales.
....Laurita era una niña todavía. Con treinta y cinco años, era una niña. Mirna pensaba: su niña. Una niña mal aprendida, que no mal educada, porque ella la había educado muy bien. Los hijos están a expensas de una y luego una está a expensas de ellos, y ojalá ella hubiera dado a luz aunque sea a un par.
....—Buenos chicos.
....La gotera del techo se había ensanchado. Ahora, cada vez que llovía, era un chorro que caía amarillo como pis por entre la hendidura. Lleno de hojas el techo, de hojas de molle que teñían toda el agua. Las canaletas seguramente se habían tapado, oxidadas como estaban no le parecía raro que se hubiesen desprendido y estuvieran colgando o que se hubieran roto en varios pedazos.
....La malla mosquitera se había rasgado. Mirna la había recompuesto con cinta adhesiva, pero la humedad hacía que el parche se despegara una y otra vez. Lo otro, el teléfono. Seguramente Laurita sabía cómo programarlo para que sonara más veces antes de que se accionase el contestador. Si Laurita fuera menos egoísta. Don Fernando no sabía configurarlo, Mirna se lo había preguntado casi en tono de ruego, y él le había aclarado por enésima vez que era plomero. Plomero, claro, pensaba ahora ella, plomero que sabe diagnosticar la fisura del aljibe, pero no repararla. Eso también la tenía inquieta, la grieta que dejaba pasar el agua de las napas a la reserva de lluvia. Y la bomba... cómo olvidarse de la bomba, que había empezado a fallar. Sin esa bomba que succionara el líquido semisalado de vertiente se quedaría sin agua en las canillas. Antes la bomba era como un reloj, el sonido del motor era siempre el mismo y a Mirna le complacía escucharlo, puntual y constante como un mecanismo suizo.
....Si Laurita viniera esta semana. Si tan sólo llamara. La última vez le había reprochado la ausencia y su hija lo había tomado muy mal. ¡Tengo cuatro niños, mamá!, había exclamado al teléfono y ella le había contestado con un alto grado de ironía que no se preocupara por su madre entonces, que su madre estaba muy pero muy bien y que gracias. ¡Voy casi todos los días!, había rebatido Laurita.
....Sí, Mirna le había rogado que viniera todos los días un rato y Laurita se había ofendido y había replicado que a duras penas conseguía tiempo y que no tenía que atosigarla o le caería a la casa con los cuatro niños prendidos uno de cada extremidad. Mirna quería a sus nietos, pero los aguantaba poco y su hija tenía la secreta sensación de que a la abuela la haría feliz verlos momificados. Quieto, querido, no toques eso, se la pasaba diciendo, sin poder apartar la vista de la trayectoria de los chiquillos las contadas veces que venían a visitarla.
....Los perros habían terminado de comer. Mirna se metió a la casa y reapareció con una jaula de un metro de alto.
....—Pamelo...—canturreó—. Hola, Pamelo.
....—Hola Pamelooo.
....—No, vos sos Pamelo.
....—Hola Pamelooo.
....Pensaba que ni siquiera mediaba una legua entre una casa y la otra. Que si tuviera salud montaría a pelo el viejo zaino e iría un rato a lo de su hija, aunque probablemente hallara a la niñera. Pero Laurita iba a venir, siempre venía, siempre se le pasaba. Siempre había demasiadas cosas que hacer en casa, no tenía ella que andar recordándoselo. Puso unos cuantos granos de comida adentro del comedero de la jaula y Pamelo se metió a devorarla. Cuando colgó la jaula del gancho que pendía del molle el ave se revolvió, inquieta, tras advertir el encierro.
....—Contame algo, Pamelo.
....—¡Mamá es una vieja de mierrrda!—chilló el loro, mientras recorría agarrado de los barrotes la circunferencia de su celda—. ¡Mamá es una vieja de mierrrrda!
....Mirna bajó la vista, satisfecha de haberlo capturado. Capaz que esta vez su hija iba a tardar un tiempo más largo en volver. Pero alguna vez iba a tener que contestar el teléfono. O venir a buscar al loro.

domingo 24 de julio de 2011

La parte por el todo

....Para iluminar a los novicios el monje cerró la única ventana del templo, después la perforó.
....Vean
, anunció, señalando el haz de luz que entraba perpendicular y marcaba un punto esférico en el suelo. He aquí, la luz. Uno de los condiscípulos intentó replicar, pero el santo se volvió, desafiante:
....¿Usted es capaz de negar que esto sea luz? ¿Va a negar que sea realidad lo que se ve por la mirilla?

lunes 11 de julio de 2011

Botas

Llevo meses con estas botas puestas.
A veces prefiero el contacto
del frío agreste de la nieve
o el picor de las rosetas de los pastos salvajes
que se prenden como anzuelos en la carne.
Sin embargo, despojarme de ellas
es pretender ignorar lo que sustentan,
y andar sin rumbo y sin pista,
entre las malezas altas que medran
alimentadas todavía por aquellos roles caducos
que una vez olvidé matar del todo.
Hay muchas cosas que inventarié
en el registro de facultades inalienables
que agonizan y no mueren.
Tal vez sería misericordioso relevarlas de ese infierno.
Darles un tiro de gracia.

viernes 1 de julio de 2011

Como un saco de papas

....Un día pasaron por televisión la increíble noticia: la fuerza gravitacional había decidido invertirse a tres metros de distancia del suelo. Esto quería decir que, burlando la ley física y amputando las teorías astronómicas de raíz, toda criatura viviente que se elevara por encima de esa altura caería hacia la gran boca del espacio.
....Después de la incredulidad general, brotó el estado de pánico y, luego, unas cuantas desapariciones vinieron a probar la hipótesis. Se clausuraron los vuelos, se prohibió el uso de globos, paracaídas y parapetentes y la zona habitacional de los edificios se restringió a la planta baja. Nadie nunca más subió a un techo o a un mirador. Se prohibió a raja tabla hablar del cielo, del aire, y de todo cuanto estuviese por encima de la línea de retorno. Se le había impuesto ese nombre porque los objetos retornaban siempre y cuando no la traspusieran. La gente, acobardada por las multas, miraba continuamente para abajo. Los alpinistas, montañistas y escaladores se limitaron a contemplar, nostálgicos, videos caseros sobre antiguas conquistas.
....Hasta que un día, siempre hay uno de estos días, un joven temerario quiso probar caerse para arriba. Ajeno al apocalíptico convencimiento de todos, trepó apasionado la escalera que llevaba a la terraza de una casa y, desde allí, frente a las impávidas lentes de las cámaras de televisión, se precipitó.

viernes 10 de junio de 2011

Resto-bar

...no hay un solo hecho que no pueda ser el primero
de una serie infinita.

El tercer hombre,
J.L. Borges

....Era una noche fría y ya había pasado la hora de cenar. Entré con las manos agarrotadas, los vidrios estaban empañados y en el aire flotaba el olor del café mezclado con el del coñac. Miré las hileras de mesas de algarrobo, todas iguales y paralelas. Hacía mucho que no entraba, pero recordaba qué mozo servía cada una. La que yo quería estaba libre, así que la tomé. La clientela era la de siempre, sus gustos no habían variado. Algunos me miraron con hastío y otros me sonrieron con simpatía.
....Clorindo se me acercó y me guiñó el ojo.
....—Qué va a tomar.
....—Lo que recomiendes, Clorindo.
....En la mesa contigua, a mi izquierda, un cliente estaba quejándose. Reclamaba que le habían traído una cerveza tibia y que los maníes estaban carcomidos por las ratas. Con gran disconformidad se trasladó a la mesa vecina y golpeó con el puño la madera.
....—El que atiende acá—rezongó, como si no le supiera el nombre.
....Guzmán apareció, solícito, y se le paró al frente con los pies juntos y el cuello rígido.
....—Tengo hambre y me importa un pito que haya pasado la hora de cenar.
....La demanda me hizo crujir el estómago, pensé que si Guzmán accedía al requerimiento yo me vería en el derecho de exigirle a Clorindo lo mismo.
....—Señor, aquí hay que respetar los horarios, que por algo están—trató de oponerse el mozo.
....—Vaya, se ve que no le enseñaron quién tiene la razón—gruñó el tipo, mientras se trepaba a la mesa e interpelaba al público—. ¿Quién tiene la razón?
....—¡El cliente!—contestamos todos al unísono. Se trataba de una regla clara y recurrentemente citada en las ordenanzas del lugar.
....Guzmán se metió a la cocina sin decir palabra y el otro quedó con temple especulativo parado sobre la mesa, parecía decepcionado de no haber suscitado una riña. Clorindo me acercó una botella de grapa y me la dejó en señal de confianza. Se escuchó el ruido del aceite friéndose en la cocina, de la vajilla entrechocándose. Al rato Guzmán emergía del fondo con un plato de humeante guiso de lentejas. El estómago, caliente por la grapa, se me apretó deseoso.
....—Le falta sal y está frío—se quejó el comensal, limpiándose la boca tras el primer bocado y largando la servilleta de papel sobre el resto.
....—Frío no está—repuso el mozo—. Y a la sal se la puedo alcanzar... si quiere...
....—¡No!
....Lo que hizo el tipo fue mudarse a una tercera mesa, la que estaba bajo el mando de Fabrizcio. ....Éste se acercó medio enojado.
....—Quiero el mejor plato del menú.
....—Señor, usted debe entender que está a deshora.
....—El mejor plato—porfió, levantándose de la silla y señalando la nariz del mozo—. ¡Ahora!
....Fabrizcio partió con la bandeja que contenía el libretito de bebidas. Los ruidos de la cocina se entreveraban con el murmullo de la gente. Comentaban que el cliente se había vuelto loco y que no sabía lo que estaba haciendo. No obstante, nadie se abstenía de ordenarle a su mozo una suculenta cena. En pocos segundos el salón se llenó de aromas y de sonidos de cubiertos rechinando sobre los platos. Cuando me decidí a hacer lo propio descubrí que Clorindo estaba ocupado apaciguando al disconforme que protestaba por la tardanza y amenazaba con la deserción.
....—¡Yo pedí primero!
....—Usted pidió el mejor menú—le recordaba Clorindo con entrenada paciencia—, y ése lleva más tiempo de elaboración.
....El rezongón entonces se quedó quieto y Clorindo acudió a mi llamado. Le encargué lo más simple que tuviera, en generosa ración. Fabrizcio reapareció tras la cortina de cañas que separaba los dos ambientes y destapó una fragante paella especiada. El cliente se hizo servir porción doble y repitió la maniobra:
....—Está fría y le falta sal.
....Fabrizcio, que ya tenía la vena del cuello hinchada y se había lastimado el labio inferior por morderse, no pudo más.
....—¡Si quiere sal, aquí tiene!—exclamó, volcando sal a mansalva sobre los frutos de mar—. ¿O sigue faltando? ¡Aquí un poco más!
....El contenido del salero pasó al plato en forma de pirámide. El cliente miraba al mozo con desprecio y el mozo miraba al cliente con enardecida bronca. Un segundo antes de que se agarrasen a las piñas el dueño del resto-bar intervino.
....—Acá nadie se pelea—dijo—. Vos Fabrizcio vas a atender la número cuatro hoy, y usted Gervasio se va a comer el plato que le han servido.
....—De ninguna manera.
....—El local es mío.
....—El cliente siempre tiene la razón.
....—A las reglas las hago yo. Usted cómase el plato o paga los tres que ha despreciado.
....—¿Pagar por algo que no sirve?
....Un aplauso unánime y complacido resonó acompañado de chiflidos. Empezaron a desafiar al rebelde y, con una cuenta regresiva que inició en cinco, lo apuraron. El tipo, incitado por el reto, comenzó a meterse bocados enormes de sal apaellada que masticaba con desesperación. Los dientes chirriaban dentro de su boca y el rostro se le contraía.
....—¡Fabrizcio, traele agua!—mandó el dueño.
....Fabrizcio corrió hasta la cocina y volvió con una jarra de agua mineral que el cliente se empinó con ansiedad. Lo vimos tragar lo que tenía atorado en el buche como si fuera un avestruz.
....—Todavía queda—aclaró Fabrizcio señalando el plato. La mitad de la sal había resbalado del tenedor.
....Con un ademán afirmativo el dueño del resto-bar le indicó al tipo que prosiguiera. Fabrizcio le arrimó pan y cuchara para facilitarle el trabajo. Como si fuera una sopa el hombre se cargó con el resto de la salmuera.
....—¡Puaj!—exclamó un rezagado.
....Limpio el plato, Fabrizcio amagó retirarse. Al pendenciero no parecían quedarle ganas de querellar. Sus ojos, brillosos, reflejaban la saturación de sodio.
....—Todavía falta—replicó el patrón—. Te he dicho el plato.
....El ruido de loza partiéndose hizo volver las cabezas de todos hacia sus respectivas mesas. La masticación crujiente y dificultosa reinó sobre el silencio sepulcral del resto-bar. Apenas la radio, sintonizada en una FM local allá en la cocina, murmuraba de lejos una canción viejísima.
....Concluida la demanda, Fabrizcio lucía una sobriedad satisfecha. El auditorio miraba al mozo de reojo, con respetuoso recelo, y al dueño del negocio con pesarosa sumisión. Cuando el mozo se encaminó hacia la mesa que el patrón le había asignado, la persona sentada a ella se puso en pie como si tuviera un resorte. Vi que Fabrizcio intentaba retenerla infructuosamente.
....Clorindo me trajo un plato de ravioles con crema blanca. Las tripas me crujían, desesperadas, cuando metí los dos bocados impulsivamente en la boca y sentí que había excedido la capacidad. La comida me quemaba la lengua, el paladar y las encías, pero me negaba a escupir. Clorindo se dio cuenta y me llenó el vaso con agua. El líquido me alivió el ardor y ayudó a engullir la exorbitante porción.
....—¡Clorindo!—exclamé espontáneamente una vez que tragué—¡Esto está muy caliente!
....El restablecido barullo cesó y todos miraron un poco a Clorindo y un poco a mí. Los rostros, detenidos, sopesaban las circunstancias, medían los gestos y tasaban mi capacidad de resistencia.
....—Pero es una comida muy rica—condescendí, empujándome el siguiente raviol—. Y tiene la sal justa.