martes, 21 de junio de 2016

tengo tu voz atrapada en los oidos
caracolea ahí adentro
nunca se pierde

poco se ha muerto, sabés
más que mi paciencia

inútil es contarte:
sueño con vos
algunas veces
abro los ojos antes de despertar
y me hallo enrrollada en las arrugas
de tu pijama

lo aprendí muy claro esta vez:
los espejismos se reinventan
en la lejanía

de cerca es el puro desierto
devorador


martes, 24 de mayo de 2016

Alguien llama para decir que parte para Rosario a las doce, que será muy tarde para pasar pero que pasará igual y que me ponga una pijama bonita. Su voz me trae recuerdos mezclados, cosas que dejé por feas, cosas que me traje por mías, cosas que soy y que él conoce. A algunas personas les huyo porque ofician de espejo. Algunas personas, como el doctor C, saben quién soy y vienen a recordarme lo que quiero. Pero ahí estoy yo diciéndole que claro -sin ganas, con más miedo que entusiasmo-, diciéndole que por supuesto, doctor.
Muchas veces el doctor C me dijo que dejara de llamarle doctor, que por favor le dijera C, y ahora que me oye no hace excepción, me lo recuerda a viva voz, y me dice que me va a traer una sorpresa. A mí ya no sé -después de tantas- si me siguen agradando las sorpresas. Así que me voy a la cama pensando que quizás bromea -y eso no es posible viniendo de él, pero me tranquiliza pensarlo- y que llamará por teléfono cuando vea el primer cartel que anuncia el pueblo.
Tal como eso, el doctor C llama desde la ruta y me dice Noné. Solo él me dice Noné, por tanto hace valer su exclusividad repitiéndolo.
―Noné, ya estoy acá... Noné, Noné... en quince minutos te toco la puerta. 
Noné lo escucha, la respiración se le agita un poco y se ve envuelta en una nube de miedos que acaban de asomar, pero lo escucha y le dice que por supuesto, doctor. Noné ya ha tenido visitas del doctor C en otros tiempos. Son irrupciones cortas e intensas, como esos huracanes que en unos minutos lo revuelven todo. pero con la diferencia de que todo se genera sin violencia. C es pacífico y tranquilo, su arma no es el volumen o la agresividad sino la precisión. Es un espejo con alto poder balístico. 
El doctor C no genera indiferencia. Si te adscribís a  él estarás adicta y si dejás de verlo no querrás encontrártelo más.
Entonces ahí, Noné, yo y todos mis yo, se mueven hacia la puerta. El doctor C interpone un paquete con moño violeta y me dice Feliz cumpleaños. Tal como espero, dentro hay un obsequio que va conmigo, algo que él sabe que me gusta. Son detalles que le hacen a una sonreir, aunque sean las tres de la mañana.
Le invito un café. Dice que sí, que bueno, y que si no le voy yo a dar un abrazo o qué. El doctor C me da un abrazo suave, de esos que no aprietan pero que te tienen bastante tiempo como para que su perfume se te impregne en la ropa.
―¿Tiene congreso en Rosario?―pregunto, incómoda por sus ojos que se incrustan en los míos.
―Así es...
―Claro.
―¿Falta mucho para que me tuteés, Noné?
Nos reímos. Voy hasta la cocina y preparo el café, mientras lo escucho contarme la temática que trataron con el plantel de Córdoba y la planificación que hará con el equipo del hospital Alemán. Siempre me habla asi, como si yo entendiera todo, verdad es que de buena parte estoy enterada porque me lo ha referido con detalle, pero verdad es también que la terminología profesional suele dejarme al margen de todo entendimiento. Vuelvo con los cafés y unas galletitas y el doctor C me pregunta si no he vuelto al otro pueblo. Ahí está el espejo y su tentáculo. Y que no, que no he vuelto.  Y que por qué. Así que como un resorte salto a preguntar cualquier cosa, cualquiera.
―¿Y usted cuándo era que cumplía los años?
―Bueno... Noné, no me creo que no te lo acuerdes...
El 7 de septiembre, claro que sí.
―Verdad, doc, hablemos de otra cosa.
Con él no puedo mentir, no puedo usar subterfugios. Él te amaestra para eso. La honestidad, siempre.
―Ya con el usted y el doc me ponés un muro como el de Berlín, sabés. Pero está bien, no tocamos más el tema.
Es inútil con él. No necesita tocar un tema, hace que el tema nos toque. En vez de ir directo rodea el asunto, y en el rodeo lo cerca con una cuerda. Después solo le resta tirar. Tira y ahorca el tema sin siquiera tocarlo, desde la periferia.
―Usted pue...
―Vos.
―Vos... Vos podés tocar un tema sin tocarlo. 
El doctor se ríe, a veces me pareció descubrir en su mirada una suerte de esperanza, una expectativa, como si aguardara que yo le hiciera alguna devolución, que yo efectuase con él lo que él conmigo. Que yo fuera su espejo. 
Pero yo soy el colmo del relativismo. Nada es así o así en mi cabeza, a tal punto, que difícilmente podría encasillar una conducta suya sin sentirme errada. Pero así, silenciosa, se me cruzan las palabras: usted quiere lograr con los demás lo que no puede lograr con usted mismo. Y lo que es peor, quiere que se lo digan.
―¿Qué más puedo hacer, Noné? A veces pienso que nadie ve los hilos, que no se dan cuenta, trato de que todo sea espontáneo, sabés.
―Lo espontáneo no se trata.
El doctor levanta ambas cejas. Algo de mí le resulta nuevo y tengo su atención desbordada. Sus ojos son como escarapelas.  
―Quisiera que no se notara. Que la gente pudiera irse sin darse cuenta de que estuvo en una consulta.
―Los pacientes no tenemos la culpa de darnos cuenta―suelto, con algo de rencor, un rencor que no va dirigido a él, pero que ahí está de todos modos.
―Cuando te fuiste me di cuenta que yo también necesito terapia, Noné―dice.
Entonces hay un silencio. Un silencio tremendo que ninguna cosa rompe, porque a esa hora todos duermen y porque esto es un pueblo. Así que el doctor C se dio cuenta gracias a mí que él necesitaba terapia. O, mejor, se dio cuenta gracias a mi ausencia.
Pero cuando levanto mis ojos hacia los suyos, algo desconcertada, el doctor C pregunta algo que ya sabe y yo le sigo la corriente.
―Al final, ¿cuántos años es que cumplis?
―Treinta y cinco... ¿Y usted?
―Cuarenta y cinco.
―Ajá, sí, ya sé...
―Sí, yo también.
Abro la cajita con el perfume, un perfume exquisito que no recordaba haberle contado que me gustaba. Tengo un vacío en la panza. No quiero comentarle, porque no se puede. No. No se puede decirle al doctor C: odio que vengas ¿para qué venis? Luego necesitaré terapia y vos no vas a estar. Necesitaré terapia porque no estás.
El doctor C trata de meterse en mi pensamiento, pero no puede. Me agarra de las manos y me dice que cualquier cosa no dude en llamarlo. Que por favor lo llame, siempre. Yo le digo que claro, que por supuesto, y le suelto una sonrisa que trato de que sea espontánea... Pero lo espontáneo no se trata.
―Me esperan a las ocho. Me gustaría contarte cuando pase,a la vuelta.
Está diciendo que pasará a verme cuando esté de regreso a Córdoba, ya  que este pueblo le queda de pasada.  Yo solo puedo decirle por supuesto, doctor, y eso le digo.
―Por supuesto, C.
Él se alegra porque lo tuteo y yo sonrío porque sé que no significa nada. Pienso en el perfume y unos pijamas a lunares como los que él tenía la mañana que le caí a la casa. Unos pijamas celestes con lunares blancos.
Luego me besa en la frente y aspira mi cabello, dice que me cuide, por favor, y que tratará de dejar de tratar de una vez por todas. Que la próxima vez le va a salir mucho mejor.


domingo, 22 de mayo de 2016

pareidolia

ardor de melón en los labios
hay
sangre de manzana
goteando de la ducha

los domingos son esta cosa
sin nombre
este paréntesis
mezcla de lo que es
y lo que no es
aunque lo sea

yo quiero que tus ojos
sean pupilas de veras
y no camuflaje
en el lomo de un insecto

domingo, 8 de mayo de 2016

sos el aire que retorna
cuando mueren los vientos

sos mi amuleto mental

sos la curita que le pongo
al corazón
cuando se rompe

viernes, 1 de abril de 2016

Hay una puerta con lucecitas que da a un jardín interno. Hay unas sillas  que son de mimbre pintado. Ahí me siento, y él me dice que me quiere, que no importa qué, que me quiere aunque esté rota y más rota y peor rota, y que si me caigo me levanta y que si me derrumbo me arregla y no sé cuántas cosas que me resultan pretenciosas, moldeadas sobre algo que quedó suspendido, algo que nunca fue una camisa,  pero que su deseo almidona.
Me asombra escucharlo. Si acaso su atracción es porque le huyo, si acaso al darle atención se le pasara todo… entonces ese todo es la nada misma.
Yo estoy rota y él me quiere así, eso no deja de ser, con todo, lo más admirable del mundo. Pero de muy intacto que está no lo quiero. Tan intacto que parece que no hubiera vivido, que no tuviera vida. Tan celeste que me cuesta. Tan vacío que las voces que lo rondan le retumban y le salen por la boca. Dice que ama el olor a vainilla que hay en mí, de mis perfumes, dice que son de caramelo avainillado. Yo pienso que ama lo que hay de mí en la vainilla y que es muy fácil agradarle si cualquier cosa que diga será tomada por buena. Sus ojos se iluminan como estrellas al mirarme. Sus pestañas inocentes.
Me dice que no fue idea de las chicas, que se coló. Que no lo invitaron ni le dieron permiso. Sus manos mostrándome las palmas, sus ojos abiertos, fijos en mí. No es de esconderse, nunca fue de esconderse. Por un rato me quedo desarmada. Marcos. Su porte tan correcto. Su cabello tan lindo. Sus ojos azules. Su capricho conmigo.
Pone su dedo tímido en mi hombro,  desliza la yema hasta mi codo, hasta mi mano  y baja volando por uno de los dedos.
―Tu piel es suave.
Entonces me siento incómoda. Como si tuviera frío me abrazo los hombros y clavo los ojos en una maqueta que pende en la pared del fondo. Ya me estoy volviendo una cosa, siempre en su presencia: una cosa. Bonita, cosa. Soy como la cosa que se queda quieta por cansancio. Soy como el comodín en el que depositó aquello que quiere. La puerta cerrada, mi puerta cerrada, le permite imaginar cosas adentro.  Soy lo descosido en un cofre de diamante pulido. Y nada más. De pronto se levanta, como fastidiado. Me pregunto si tanto ha tomado en un rato. Busco mi copa y me acabo el contenido.
Ya empieza a dolerme la cintura y lo tiesa que estoy no beneficia. Se arrodilla a mis pies, me agarra de las manos. 
―No puedo ser un chocolate con menta―dice, como derrotado―. Quisiera ser como alguien que te guste a vos. Pero soy  más  como un robotito de mierda, no como te gustan a vos.
De un tirón me levanto. Miro hacia adentro. Como te gustan a vos.  Qué cosa va a decir después de eso.  ¿Un robotito de mierda? ¿Cómo diablos me gustan a mí? Los ojos de alguien a quien no puedo llamar se instalan en mi mente, el olor de su perfume, la voz pausada. Contra mi voluntad y conveniencia. La conveniencia, a ésa no suelo hacerle caso. La voluntad es una flecha desatinada. Una canción deletreada en el oído se me viene,  igual que la parálisis, me empieza a congelar desde la periferia. 
 Busco qué manotear como si hubiera algo que detener a toda costa. Y lo hay. Manoteo un  vaso que alguien dejó en el mostrador. La melodía que suena afuera no puede tapar la de adentro y mis labios forman un  nombre. 
Mi boca invoca un fantasma.

domingo, 14 de febrero de 2016

te llamas al silencio
como quien acumula agua
para venirse con todo

mira esta lluvia
por no dejarse caer
se estrella a pulmón
contra suelo

miércoles, 20 de enero de 2016

la noche está tan linda
que no quiero dormir
¿a vos te pasó?
¿te pasa?
no hay en el día estrellas
no hay rocío
no hay la tregua del calor
no hay el silencio
de cuando todos
-o casi todos-
duermen

un mensaje que llega
es algo excepcional
crea complicidad
con esa otra alma en ascuas
que no puede dormir

fundemos hoy el club de los insomnes felices
trasnochados en vano
dados vuelta

martes, 19 de enero de 2016

Vómito de colores


Cuando entramos, los que ocupaban el lugar estaban enredados en un problema. Tomamos una mesa y llamamos con una seña al que atendía, pero, a pesar de que asistió y anotó nuestro pedido, de camino al mostrador se implicó también en el problema y nos dejó olvidados. Por esa razón, no tuvimos más remedio que ir a ver lo qué pasaba. Ahí, escuchamos la arenga:
―¡Hay que hacerlo tomar hasta que reviente, a ver si se le van a quedar ganas de decir huevadas!
El que decía esto estaba muy ebrio y le costaba mantenerse parado. Sin embargo, los demás se prendieron: ¡hay que hacerlo tomar, hay que hacerlo tomar!
―Y hasta que reviente―remató otro.
En el medio, sentado y con la barbilla reposada en una mano, había un hombre panzón que parecía cansado. Levantó la cabeza y dijo:
―Yo no voy a limpiar eh, me aseguran eso y les demuestro.
―Vos tené que dejá de decí tanta huevada junta, hermano―le dijo otro más, uno que se agarraba de una silla.
―Yo no digo huevadas.
―¿Entonce por qué no queré tomá ah? Aquí los que dicen la verdá son los borracho y los niño, pero niño no hay, así que si queré que te creamo agarrá la botella y tomá como todo el mundo.
El hombre, resignado, aceptó la primera botella y se la empinó, una de vino tinto comunacho. Se veían las burbujitas, todos alrededor callados, tambaleantes. Solo el mozo parecía sobrio. Cuando la acabó le pasaron una de cerveza, y después otra de vino blanco. A los veinte minutos le empezaron a hacer preguntas.
―A ver ahora decí... ¿quién de nosotro dijiste vos que era el gorriao?
El hombre levantó los ojos sin mover la cabeza y señaló a uno. Al parecer al mismo que había señalado antes, porque todos chiflaron y se lamentaron.
―¿Y con quién dijiste vos que lo engañan?―preguntó otro
El hombre señaló a otro, y hubo lamentos y quejidos, uno que repetía “se ve que decía la verdá, decía la verdá”
―¿Y quién de acá lo sabía y no me dijo nada?―preguntó el afectado.
Y el hombre otra vez levantó el dedo, y señaló a otro. Todo parecía una gran tragedia, y cada respuesta que emitía el borracho les venía a corroborar lo que no le habían creído estando sobrio.
Los hombres se miraron entre ellos decepcionados, uno con más vergüenza que el otro. Pero, como siempre los humanos buscamos la mínima posibilidad, uno se acordó de la otra cosa que había dicho el panzón. Si esa cosa fallaba las demás cosas estaban salvadas, así funcionaba el asunto.
―Vos―lo apuntó el mozo―, ¡andás diciendo que si te emborrachás vomitás de colores!
―¡Sí, de colores vomito, parecido a pintura! ¡Te dije que no lo quiero limpiar y te dije que digás que los vas a limpiar vos si no yo no vomito!
La cosa se había vuelto de lo más absurda, y, como toda disputa entre borrachos de edad, conservaba el toque de dignidad ofendida. Nos daba pena el hombre, ahí, tan desparramado en su silla, era obvio que la honestidad lo había metido en un quilombo y que algún lapso de demencia senil le había hecho decir, entre medio de tanta sinceridad, que vomitaba arco iris.
Organizados, entre todos, le trajeron más bebidas y se pusieron a verlo. A estas alturas el pobre bebía con lentitud y pocas ganas, al cabo de un rato se había tomado dos litros más de vino y no pasaba nada.
―¡Vomitá, dale! ¡No vomitás porque no te sale, no te sale, che, te lo mentiste todo!
Los tres involucrados se miraron amablemente, comenzando a reconciliarse con la idea de una gran mentira que ahora quedaría expuesta: el hombre mentía, el hombre miente, no puede vomitar de colores, los borrachos siempre dicen la verdad, ponen a prueba todo lo que dijeron cuando estaban sobrios. Esa era la certeza que los unía. Ahí, esperando, esperanzados, raros todos, escucharon al mozo lanzar impunemente:
―Alguien cagó sobre la pizza…
Alguien cagó sobre la pizza, sí, así es, eso dijo el mozo con nosotros ahí presentes. Nosotros, que esperábamos cenar.
Entonces, el hombre sentado no pudo contenerse, abrió las piernas, y luego de una ruidosa arcada lanzó un angustioso y brillante vómito de colores.

martes, 12 de enero de 2016

mis sueños rotos no están muertos
respiran por la herida
cortan  al que intenta acariciarlos
sé que el espejo en que me observo
refleja al que me mira
sé que tengo el síndrome
del perro con hambre
que ha sido envenenado
soy el monstruo que prefiere
el llanto franco a la sonrisa ajada
soy el monstruo que tenés atado
-más monstruo se vuelve 
tras las rejas-
no digas yo no
los trapitos existen porque no ven el sol
donde lavarse
y la hilacha se vuelve hilacha
cuando se esconde
tan pronto señala afuera la gente
lo que tiene adentro
que a veces
hacen saltar la risa



martes, 5 de enero de 2016

lo correcto

a veces lo correcto me ahoga
y me imagino
a lo correcto
dándole guiso de desapego
al shakespeare
en vísperas de romeo y julieta

a veces lo correcto
me grita bastate a vos misma,
aunque te falten pedazos

tiene razón
tal vez

pero nunca le grita
al que se lleva tus pedazos
bástate a vos mismo, cabrón
al que te oprime
bastate a vos mismo, joputa
al que te explota
bastate a vos mismo, ladrón

lunes, 4 de enero de 2016

Lámparas

En el bar al que entramos las lámparas de pie estaban suspendidas desde el techo, su base agarrada sin plafón. Una de las mujeres sostuvo:
―Somos nosotras las que estamos al revés.
Otra le contestó:
―Nosotras y los muebles, y los autos, y las casas...
―¡Caigamos!―dije yo―.¡Caigamos!
Y así fue como nos largamos, y se nos vino el mundo encima.

domingo, 3 de enero de 2016

duele la desforestación
del alma
duele la guiñada de hombros
armada de argumentos
escuchame
si hubieran menos jodetes
los que pedimos justicias
no estaríamos tan locos

Memoria

solo te pido memoria
decís
como si ésa
no fuera una condena

lo tuyo es una sombra
proyectada
vos sin memoria
hacés recuentos

la escultura de los galgos afganos
ya no la recordás
los nombres que les dimos

ayer caminé por los pisos bonitos
de la iglesia de columnas de colores
¿te acordás que dijimos
lo sagrado es el arte?
¿te acordás que salimos a la lluvia
como si el techo no nos abrigara?

ayer subí  las gradas del museo
y toqué a la pensadora
estaba tan grande que me sentí pequeña
pero estoy segura de que no ha crecido

no hay palabras que devuelvan la confianza
corazón
no hay palabras que devuelvan
lo perdido

tratá de no degradar los recuerdos
prologándolos sobre las ruinas


sábado, 2 de enero de 2016


no me preguntes a mí
no hay cosa más obtusa
que creer que yo sé algo
de todo esto
hacé lo que te salga del mate
escribí
lo que te empujen los dedos
lo que te ensucie la  tinta
lo que te estornude el piano
no hay normas que ofrecerte
no tengas miedo
si no se gusta o se disgusta 
es que estás muerto

viernes, 1 de enero de 2016

a veces
los vampiros llegan a persuadir
de que sus colmillos hacen transfusiones
y de que éstas son indispensables
para la supervivencia
estrenan mordazas de colores
y me traen de obsequio la más cara
con toda la inocencia
del monstruo que no es malo
pero es torpe

la entera lucidez del mundo
cabe en un niño que señala

sábado, 26 de diciembre de 2015

    Cielo estrellado es lo que miro. Cielo limpio que me camina encima como hojas arrastradas por el viento, como patas de hormigas. Tu voz del otro lado diciendo si no me he olvidado de tu voz. Preguntando estupideces como toda gente culta. No, no me he olvidado de tu voz, ni de vos, ni de nada. Pero no lo digo, se me queda en el trayecto que va desde la intención a las cuerdas vocales. En ese trayecto hay unas ramas, lo juro.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Huecos

   Para pasar de la sala a la cocina sorteo el hueco. Es un pozo que tiene un metro de diámetro, pero muchos kilómetros de hondura. Siempre se posiciona delante de los pies de uno, no importa donde estés, es ubicuo. Se desdobla en tantos huecos como gente haya, está en todos los sitios. Algunas personas no lo esquivan, siguen recto y bajan por sus paredes para reaparecer horas después por el otro lado. Es un hoyo que se construyó sobre otro hoyo, y ese otro se resiste a coincidir en espacio y tiempo. Por eso alguna gente que esquiva el hueco cae en el hueco. Los huequeros putean a todo el que baje al agujero contrario, pero también al que esquive los dos. Si metés la pata en uno quizá no te llamen de adentro pero seguro te empujan de afuera, para que te decidas. Ya no se puede caminar en paz.

Árboles de palta

Ofelia está triste. Hoy no saca sus bellezas en crochet, ni le pide a la nieta que salga al jardín a ver la madreselva. Con un suspiro nostálgico, confiesa:
―La gente ya no planta árboles de palta.
La nieta se desconcierta, piensa un rato, pero no entiende, y Ofelia se ve obligada a explicar:
―Tardan mucho en dar los frutos. Nosotros los plantábamos para los demás.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Encuentro

   La mesa que me tocaba también era la de Saramago. Una situación improbable dado que la que convoca la A está lejos de la que convoca la S, pero ahí estaba él en la cola, dándose vuelta para hablarme después de menear la cabeza:
   ―Y… ¿a quién votamos?―preguntaba.
   ―A Randazzo―respondía yo, surrealista―. También podría ser al Frente de izquierda. ¿Usted qué cree?
   Ninguna de las alternativas eran factibles porque transitábamos el balotaje de Scioli versus Macri y había que desempatar y punto. La cola avanzaba y seguíamos pensativos. Tantas cosas para decirle a una persona como esta  y cuando te la encontrás, nada, mutismo.
   ―Usted debería postularse―dije.
   Él se rió, zarandeó la cabeza como al principio y suspiró. Yo no podía dejar de mirarlo.
   ―Los muertos no podemos posturlarnos, solamente votar.
   ―Claro.
   Le tocó el turno y lo vi desaparecer tras la puerta del cuarto oscuro. Tuve temor de que no regresara, de que no pudiera saludarlo y decirle, como cada vez que lo topo: Me gustan todos sus libros, todos los que he leído y también los que me faltan y los que aún no escribe.
   Cosa vana soltarle esto, pero inevitable, cosa redundante para sus oídos. Cosa que le terminé soltanto y a la que me respondió igual que siempre:
   ―Los muertos no podemos escribir, solamente leer.
Sentí su apretón en mi hombro y lo vi perderse en el gentío de la escuela. Ya me tocaba pasar. Pero me desperté.

La ingratitud

  Cómo explicarles a las personas que un padre puede no ser una opción a la que recurrir ―incluso cuando no te quedan otras―. A ver, se le puede pedir a un padre que te lleve a la tarde, del día que le quede cómodo, al veterinario con la perra. Vamos, padre no dirá que no, más sabiendo que cuesta encontrar un taxi que se avenga, seguro putea y accede, pero primero putea porque le sos un incordio y es menester que te lo sepas bien. Entonces, cargada la perra en el auto, ella asomará entre los asientos con la boca abierta de felicidad y padre dirá algo como “esta perra de mierda, que mierda hice yo para merecer esto”. Luego, imbuido en estos pensamientos de lo más alentadores que a una le abonan la autoestima, dará un volantazo para esquivar un auto que sale pacíficamente de un garage. Los insultos en esta instancia escalarán a grados superlativos involucrando a la trinidad y a todos los santos que su memoria tenga cerquita, además de al auto ajeno y a su ocupante ―que no venia saliendo de improviso y que no esperaba que otro vehículo cruzara en diagonal abruptamente―.
   Puteada tras puteada intentará contestar el celular pero apretará otro botón y “me cago en la puta que te parió celular de mierda, quién mierda me llama ahora, esta inmundicia de teléfono, cristo y la puta que te parió”. Se tragará una lometa por culpa mía y de la perra y de todos los santos y celulares que este mundo tiene adentro, ―y también de este auto que es una mierda―. La perra, que sale poco en auto, sabrá que está arriba de uno porque toca vet y se pondrá tan nerviosa que la panza se le acelerará. Así que ella embestirá en un gesto que reconoceré como de urgencia fisiológica. Me tocará por ende interrumpir la puteada.
   ―Tiene que hacer, pará ahí, que tiene que hacer.
   ―Pero qué va a tener que hacer, me cago en dios.
   ―Pará ahí.
   Pero no parará aunque pase rozando el cordón porque la perra “no tiene que hacer”, entonces la perra, que no tiene que hacer, se hará finalmente en el asiento.
   ―Bueno―diré, superponiéndome a otra puteada católica que me viene haciendo el infierno abordo―. ¿Ahora parás o qué? Ya se hizo y no quiero que lo pise. ¿Tenés un papel?
   ―Qué mierda voy a tener un papel pero hay que colgarla a esa perra de mierda. ¡Colgarla!
   ―Sí… claro, lo venís gritando todo el camino.
   ―¡Shhh!
   ―Claro, ¡shh! Para colgar a mi perra primero me tenés que colgar a mí. ¡Pará ahí! ¡Pará te digo!
   Parará por fin, se pasará la mano por la frente reiteradas veces como si estuviera en el peor suplicio del mundo o le estuvieran robando tres mil asaltantes juntos. Una debería sentirse muy bien de que un padre aprecie así la compañía de una, pero una ya está tan acostumbrada a estas demostraciones de afecto que no las valora. Revolveré en la cartera donde encontraré una bolsa que quedó del embalaje de un libro, él insultará y se quejará otra vez del auto, de dios, de mí, de la perra, del tránsito y de la suerte… Recogeré las heces con la bolsa y bajaré a dejarla en un basurero. Lo haré con tanto apuro que la cintura me dará su clásico tironcito doloroso y tendré que subir más lento por haber querido apurarme.
Finalmente, transcurridas ocho o nueve cuadras de insultos y gestos de absoluta molestia que la ponen a una muy contenta, llegaremos a la veterinaria y el veterinario no estará. Así que… “me cago en el veterinario y esta vida puta, colgarme tengo, colgarme, me voy a tirar en el río a ver si me muero”. Palabras estas que irán acompañadas de golpes al volante.
    La chica que atiende me dará el número del vet para que pase por domicilio y le tocará la cabeza a la perra. No sabré si es muy amable la chica o el contraste agiganta su amabilidad.
   De regreso a mi casa él irá lamentándose y denigrando a todas las entidades celestiales y también las terrestres por las terribles desgracias que a él le acontecen. Bajaré del auto como quien toca tierra después de un mar agitado, y él, como si nada, me dirá que si las compras y no sé qué. Y yo puff, yo uff. Al infierno me costará sacarlo de adentro si no lo digo, porque se le dice que no insulte y sigue, porque se le dice que se calle y nada. Me costará también, una vez más, deducir de dónde sale ese maltrato que sus padres, mis abuelos, no me dieron a mí en toda mi vida. Asumiré que es envidia de que me hayan tratado a mí mejor de lo que a él. Pensaré que su rencor puede levantarse contra mi atrevimiento de dar por mi perra más de lo que fue capaz de dar por mí, porque de veras hay que hacer poco para eso.
   ―A mi perra no hay que colgarla―soltaré para no quedarme con el veneno. Que se lo lleve en los oídos, que se lo lleve que es suyo.
   ―¡Chito!
   ―¡Chito qué! Qué me hacés callar… Eso es insoportable. Insoportable escucharte, ¡insoportable!
   ―¡Shhhhhhh! ¡Igual que tu hermana vos, igual! ¡Para qué mierda te llevo!
    Concluiré que sí. Que una es tan mala… Que los padres siempre siempre son tan buenos y una siempre siempre siempre es tan mala… Alguna gente no entenderá nunca por qué una no le pide a su papá o por qué una no vivió, no vive ni quiere vivir con su papá, o por qué una es tan, tan ingrata, si su papá siempre es tan bueno, tan bueno cuando hay gente. Cómo explicarles a las personas que un padre puede no ser una opción a la que recurrir ―incluso cuando no te quedan otras―.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Algo así

   Nos encontramos en el río ambas cargando una bolsa. La de ella estaba más llena y era más grande porque su patio es mayor. Al principio, nos avergonzamos, pero luego buscamos dónde liberar el contenido. Ella señaló un rincón en el que la dichondra crecía a gusto y a mí me pareció bien. Después, nos quedamos en silencio.
   ―Si los matáramos seríamos normales―dijo por fin―. La Ramona los aplasta, y si no les pone veneno y eschopan enseguida. La Ramona mata todo, viste.
   ―Sí―respondí―. La Ramona es una jodida.
   Nos reímos para consolarnos de lo anormales que éramos ahí en el río a las dos de la tarde, cada cual con su bolsa vacía, tratando de purgar la culpa de desplazar a esa naturaleza devoradora de lechugas y repollos.
   ―¿Vos crees que los aplaste alguien?―preguntó, mientras observaba cómo el grupo se dispersaba sobre lo verde.
   ―No… hay mucho yuyo, no debe venir nadie.
   ―Ah―asintió, y se quedó tranquila.
   Me complació devolverle algo de la tranquilidad que ella me proveía al estar en el río haciendo lo mismo que yo. Como la normalidad es una cuestión de cantidad, pensé que si éramos dos ya éramos un poco menos anormales. O algo así.

viernes, 9 de octubre de 2015

Charla en el patio

   El otro día escuché al perejil hablando con la planta de tomates.
   —A vos te sacan un tomate de vez en cuando y ya ponés el grito en el cielo, a mí cada vez que me agarran me desfiguran.
   La planta de tomates se dejó balancear un poco por el viento, y contestó:
   —Bah. Yo duro una temporada y después me plancha una helada y no cuento más la historia. Vos en cambio rebrotás, sos un masoquista…
   En eso que estaban así, mirándose de reojo, mientras el viento los mecía a su capricho, cayó entre medio de ambos una naranja.
   —Viento de mierda—dijo la naranja.
   —Callate—rezongó una planta de rabanito alérgica a los pulgones—. Siempre puede ser peor.
   La naranja, a quien le hacían gracia las contestaciones del rabanito, lanzó una carcajada, y respondió:
   —¿Peor que haberme caído de la planta? Andá…
   Mi perra, que no los escuchaba y en cambio circulaba por el patio con total indiferencia e impunidad aplastando una hilera de hormigas diligentes —que lanzaron oraciones al dios de las hormigas como si el cataclismo del día final hubiera atormentado sus vidas—, husmeaba el terreno. Mi perra, decía, a quien raras veces se le da por orinar levantando la pata —porque ésta es actividad que reserva para los muros y árboles del exterior, adentro se agacha, como toda una dama— olió la planta de tomates primero, luego la de rabanitos y después la de perejil. Finalmente, y sin ningún motivo aparente, levantó la pata sobre la pobre naranja. Hecho esto, escarbó un poco el suelo con sus patas delanteras en una muestra de satisfacción y alegría. La tierra que levantó le cayó de lleno al perejil y uno de sus empellones le arrancó una hoja a la quejosa planta de tomates.
   —¿Vieron?—recalcó el rabanito—. Se los dije, ¡siempre puede ser peor!
   Esta vez, la naranja caída no se rió. Se rió una que estaba bien arriba, en la planta. A mí, francamente, me dieron pena las hormigas, tan apuradas por recomponer el caminito sinuoso que iba a la higuera, tan preocupadas por definir quién de todas ellas atrajo la desgracia. Tan ocupadas, siempre, tan ocupadas.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Por supuesto

  Cuando alguien me dice “si nada has hecho, no tendrás miedo de dar tus datos a la policía” yo replico que si nada he hecho no tienen por qué pedírmelos y que Marita Verón estaría con su madre si, al escaparse de sus captores, no hubiera ido a pedir ayuda a la policía. Así de simple, y, para muestra, un botón, aunque de veras haya mucho más botones, porque no fue, ni por joda, un caso aislado. Téngase en cuenta que ningún delito que escala a proporciones grotescas puede llegar a esa cima sin la connivencia de las autoridades y el involucramiento activo o pasivo de los funcionarios de la seguridad. Dispenseme, señor narcopolicía, si me olvidé el documento en casa, pero en mi documento tengo la dirección y un montón de datos que prefiero que se me pidan si soy sospechosa de un delito. De todas maneras, usted podría seguramente obtenerlos, porque esto es una gran mierda. Cuando era chica, mi abuela me enseñó a no hablar con desconocidos, y yo a usted no lo conozco.
   Igual, habida cuenta del peligro, pondré mi cara de asombro y contestaré buenamente todo lo que me pregunte: me llamo Fannery O’Connor, vivo en el cuarto piso de la Torre de Marfil del barrio Comala, en la localidad de Macondo, junto con el señor Poirot y doña Marple, que son mis tíos. Estoy casada con el capo de la mafia y vine al parque a tomar fotos porque ya terminé de plancharle las camisas a mi marido. ¿Al jefe Gorgory lo conoce? Es mi suegro.

Imagen de Juan Paz.