viernes, 1 de abril de 2016

Hay una puerta con lucecitas que da a un jardín interno. Hay unas sillas  que son de mimbre pintado. Ahí me siento, y él me dice que me quiere, que no importa qué, que me quiere aunque esté rota y más rota y peor rota, y que si me caigo me levanta y que si me derrumbo me arregla y no sé cuántas cosas que me resultan pretenciosas, moldeadas sobre algo que quedó suspendido, algo que nunca fue una camisa,  pero que su deseo almidona.
Me asombra escucharlo. Si acaso su atracción es porque le huyo, si acaso al darle atención se le pasara todo… entonces ese todo es la nada misma.
Yo estoy rota y él me quiere así, eso no deja de ser, con todo, lo más admirable del mundo. Pero de muy intacto que está no lo quiero. Tan intacto que parece que no hubiera vivido, que no tuviera vida. Tan celeste que me cuesta. Tan vacío que las voces que lo rondan le retumban y le salen por la boca. Dice que ama el olor a vainilla que hay en mí, de mis perfumes, dice que son de caramelo avainillado. Yo pienso que ama lo que hay de mí en la vainilla y que es muy fácil agradarle si cualquier cosa que diga será tomada por buena. Sus ojos se iluminan como estrellas al mirarme. Sus pestañas inocentes.
Me dice que no fue idea de las chicas, que se coló. Que no lo invitaron ni le dieron permiso. Sus manos mostrándome las palmas, sus ojos abiertos, fijos en mí. No es de esconderse, nunca fue de esconderse. Por un rato me quedo desarmada. Marcos. Su porte tan correcto. Su cabello tan lindo. Sus ojos azules. Su capricho conmigo.
Pone su dedo tímido en mi hombro,  desliza la yema hasta mi codo, hasta mi mano  y baja volando por uno de los dedos.
―Tu piel es suave.
Entonces me siento incómoda. Como si tuviera frío me abrazo los hombros y clavo los ojos en una maqueta que pende en la pared del fondo. Ya me estoy volviendo una cosa, siempre en su presencia: una cosa. Bonita, cosa. Soy como la cosa que se queda quieta por cansancio. Soy como el comodín en el que depositó aquello que quiere. La puerta cerrada, mi puerta cerrada, le permite imaginar cosas adentro.  Soy lo descosido en un cofre de diamante pulido. Y nada más. De pronto se levanta, como fastidiado. Me pregunto si tanto ha tomado en un rato. Busco mi copa y me acabo el contenido.
Ya empieza a dolerme la cintura y lo tiesa que estoy no beneficia. Se arrodilla a mis pies, me agarra de las manos. 
―No puedo ser un chocolate con menta―dice, como derrotado―. Quisiera ser como alguien que te guste a vos. Pero soy  más  como un robotito de mierda, no como te gustan a vos.
De un tirón me levanto. Miro hacia adentro. Como te gustan a vos.  Qué cosa va a decir después de eso.  ¿Un robotito de mierda? ¿Cómo diablos me gustan a mí? Los ojos de alguien a quien no puedo llamar se instalan en mi mente, el olor de su perfume, la voz pausada. Contra mi voluntad y conveniencia. La conveniencia, a ésa no suelo hacerle caso. La voluntad es una flecha desatinada. Una canción deletreada en el oído se me viene,  igual que la parálisis, me empieza a congelar desde la periferia. 
 Busco qué manotear como si hubiera algo que detener a toda costa. Y lo hay. Manoteo un  vaso que alguien dejó en el mostrador. La melodía que suena afuera no puede tapar la de adentro y mis labios forman un  nombre. 
Mi boca invoca un fantasma.

3 comentarios:

Justine Redenaque dijo...

Precioso Noelia.
Hace tiempo que no pasaba. Espero que estés muy bien. También me gusta tu arte. ¿Ya no pintas?
Un abrazo muy fuerte.

Justine

Noelia Antonietta dijo...

Justine, tiempo que no te veía por la red. Un gusto saber de vos. Pues lo de la pintura, tengo otro blog en esta misma cuenta donde subo, aunque ciertamente no estuve pintando, sí he dibujado algunas cosas, y más me he volcado a hacer cestería ecológica. Un gusto recibir tu visita, espero andes muy bien, un abrazo grande!

Guillermo Altayrac dijo...

Oh, con tu texto me has tocado algo y me he puesto un poco triste.
Esto es un elogio. Jajajaja.