domingo, 20 de septiembre de 2015

Lo rojo en lo negro


     El lápiz resiste la presión que le doy sobre el papel. Valores oscuros, más veces. Nunca fuerza, decía el profesor de Composición, si no el papel se satura. Pero estoy más cansada que Girondo cuando dijo que estaba cansado.  Aquí nomás se ve la indignación como enojo. Aquí si no te callás y sonreís sos la peor. Mi tela no da para elefantes.
     L. aparece detrás de mí.  Se ha quedado callado y no puedo evitar esquivarlo. Debería no esperar nada, evadirlo es lo mejor que puedo, sin embargo L. viene con un vaso de gaseosa, porque nunca escucha a los demás, ocupado en hablar, nunca escucha, si no sabría que odio las gaseosas, porque soy muy pesimista, y conspiracionista, y todas esas cosas. En esta mente, la de L., no existen los gustos diversos, existe el buen gusto y los que lo erran. Por eso no declaró, porque es un irresponsable de mierda, un traicionero de cuarta, de tan buen gusto, que hay que aguantarle que venga a dar consejos.
     ―No me gusta la coca.
     ―No te vas a morir, por una vez date el gusto.
     ―¿Vos te das el gusto con cosas que no te gustan, cierto?
     He empuñado el lápiz, por eso su mirada de susto. Lo noto cuando se me quiebra en la mano, un 6b nuevito. Lo tiro a la mesa y voy a poner el agua para el mate. L. me sigue hasta la cocina, intenta adoctrinarme en las buenas elecciones y en cierta cosa que estriba en fluir, cuando justo es él el que no fluye y en cambio encaja, encaja todo el tiempo, en diversos lados y por variadas razones. Su presencia me repele a tal punto que agarro la bombilla y la empuño también, igual que al lápiz, en legítima defensa. A ver si fluyo. Tiene el desparpajo de soltar que mi renuencia es enamoramiento, y me asquea, me asquea profundamente. Reprueba con la mirada, como si no acabase de dejarme en banda en lo del abogado.
     ―Por qué no te vas. Si tenés culpa, que te reviente. ¿Entendés?―pero no, no entiende―. Es más, estás en peligro de que te tire la pava hirviendo.
     ―No serías capaz.
     Quizá tiene razón, que no soy capaz, pero últimamente me desconozco.  Tampoco hubiera pensado que era capaz de arruinar un dibujo que me tomó un día entero. Cuando se cree que una tocó fondo hay más fondo abajo del fondo. Y, aunque la gota tenga culpa, no tanta para cargarle el vaso entero. Pero ni modo. El detonante llega justo cuando vengo con otro 6b nuevito.
     ―Por qué no sonreís un poco, che. Siempre esa cara de orto conmigo. ¿Y si te compro alguna cosa?
     Seguro. Me compra una cosa. Jodido. Comprásela a tu novia que yo no tengo estómago pa tanto, pienso. ¿Quién te compra el silencio a vos? La gente no se compra. La gente no se compra. La gente, la de verdad, ¡no se compra! Duelen los bastiones cuando caen, y mi abuela se asoma a la puntita de mis recuerdos, siempre. Cargo mi renguera y la presión que sale como una licuadora, sin destino fijo. Hay un límite en que la tolerancia deja de ser virtud, dijo alguien que no recuerdo.  Y yo con mi relativismo persistente. Un relativismo radical. Siempre respetando puntos de vista, incluso cuando intentan ponértelos como la bandera cuando llegaron a la Luna. La bronca se empoza en la mirada y sé que asusto, pero ni modo. Si tuviera a J. cerca le pediría que lo apretara con un chumbo y que si lo quiere agarrar a trompadas, sí, gracias, muchas gracias. Ahora soy otra. Cagalo a trompadas.
     A veces basta un detonante. Aunque sea sólo una gota, contra todo un vaso a tope, la liga la gota. ¿Pero quién la manda a la gota a caer cuando el vaso está tan evidentemente lleno? Si lo trato bien tampoco declara. De hecho, ya fui por las buenas. Así que me acerco, empuñado el 6b recién despuntado, la rabia es espontánea, todo se me condensa en el pecho, como mugre, y se lo clavo entre la mandíbula y la oreja. Mina quebradiza que da contra el hueso. Él dice ay, se ataja, me empuja.
Valores oscuros, más veces. Nunca fuerza, decía el profesor.
     Tranquilamente se limpia lo rojo con un repasador y concluye que no debió haber venido. Y es en lo único que estamos de acuerdo. Así que se retira, aunque asombrado, vaya a saber de qué.
     ―Algunos mares quietos no estamos muertos―digo a los ojos atentos de la gata, que observa desde el sofá como si nada. Pero no sé si escucha, y pasa el tren.
     No hay perdón para quien venga a tirar bombas. Mi diplomacia, siento, ha sido reventada.

2 comentarios:

Maria Rosa dijo...


Wawww qué te bulle por dentro...?
Estás enojada y con furia. Lástima del dibujo perdido, pero al menos el texto te salio muy bueno.
Mariarosa

NoeliaA dijo...

Gracias por pasarte a leer, María Rosa. Me alegro que te parezca bueno el texto. Soy de la idea de que no es bueno reprimir emociones. De todas formas, jeje, no hay que confundir autor con narrador. :D Estaré leyéndote en breve, un abrazo y feliz primavera.